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La palabra heredada

Eudora Welty

06/08/2012

Crítica por: Cristina Davó Rubí / Latormentaenunvaso

Bellísima edición de Impedimenta para estas memorias literarias de Eudora Welty (Jackson, Mississippi, 1909-2001). La palabra heredada constituye no solo un homenaje a la autora sureña, sino también al traductor Miguel Martínez-Lage, fallecido en abril de 2011 sin acabar el trabajo de revisión del texto de una edición anterior. Por tanto una ofrenda póstuma, delicada y cuidada al máximo, con la colaboración de la escritora y editora Elena Medel.

Esta obra se alimenta de las tres conferencias que Eudora Welty dio en la Universidad de Harvard, en abril de 1983, para inaugurar el ciclo dedicado a William E. Massey. Dividida en tres partes de epígrafe revelador: “Escuchar”, “Aprender a ver” y “Encontrar una voz”, Welty nos muestra cómo nació su amor por la palabra y cómo se forjó en su interior la necesidad de contar. A través de estas páginas descubrimos el germen del talento de esta gran autora, que supone uno de los hitos de la literatura americana del siglo XX. El Pulitzer en 1973 por La hija del optimista (The Optimist's Daughter) o la Medalla Presidencial de la Libertad en 1980 son sólo algunos de sus reconocimientos. Ya su primer cuento, publicado en 1936, llamó la atención de Katherine Anne Porter, quien se convertiría en su mentora y escribiría el prólogo a su primer libro de cuentos, Una cortina de follaje (1941).

Formada en la universidad y dedicada en principio a la fotografía publicitaria, la joven Eudora decidió entregarse por completo a la escritura. Además de varias novelas y algunas obras de no ficción, Welty escribió sobre todo relato corto, género al que contribuyó de manera muy significativa. Forjadora, junto a Faulkner, Capote, Williams, Flannery O'Connor o Carson McCullers, del denominado gótico sureño, —aunque quizás la menos conocida de ellos— Welty ubica sus historias en el profundo Sur, con personajes marginales o descarriados, con ecos bíblicos y cierto influjo mítico. Pero por encima de cualquier tendencia y más allá de su clara influencia chejoviana, destaca la escritora sureña por una narrativa sutil y casi lírica. Con un lenguaje propio, que le supuso un inconveniente para ser merecedora del Nobel, por considerarlo demasiado regional, Eudora Welty se ganó a lo largo del siglo XX un merecido lugar entre los cuentistas más importantes de la época.

En La palabra heredada, verdadera puerta de acceso al universo personal y narrativo de Welty, encontramos a la primogénita de una familia con dos hijos varones, de un matrimonio de emigrantes. Christian Welty y Chestina Andrews no eran del Sur, pero se fueron a Jackson a mejorar su suerte. Y, efectivamente, en pocos años, el padre pasó de trabajar en una empresa de seguros a ser su presidente. Se recuerda Eudora a sí misma como una niña feliz, en una casa en que se leía en voz alta y se escuchaban óperas de una habitación a otra. De Chestina heredó la niña el amor por la lectura. Autores como Dickens, Stevenson o las Brontë llenaban la fantasía de Eudora y la hicieron dueña de una agilidad oral muy favorecedora para sus propias historias. De Christian aprendió la afición por los telescopios, las lupas, cámaras y lentes diversas, lo que, además de procurarle un oficio, le otorgó la capacidad de observar todos los matices del mundo que la rodea y captar lo efímero de las cosas. Con sus hermanos, Edward y Walter, compartió numerosos momentos inolvidables que germinarán también en su imaginación.

Los recuerdos fluyen de una manera natural, las visitas de los abuelos, sus estudios en el Colegio Femenino de Mississippi y en las Universidades de Wisconsin y Columbia, donde descubrió a grandes autores, como Yates, y su vocación literaria, en fin. Al hilo de todas estas vivencias, se van definiendo las claves de su narrativa, las relaciones humanas como tema predilecto, la tierra, la familia, la creación de relatos a partir de visiones retrospectivas, afinidades y relaciones entre personajes y cuentos que se le irán revelando con el paso del tiempo. Eudora Welty escribió de lo que veía y conocía, pero supo convertir todo eso en un universo literario con resonancias colectivas.

Así se tejen estas deliciosas memorias, escritas a los setenta y cinco años, mezclando recuerdos con la explicación de la práctica literaria, con una prosa y un estilo inconfundibles. Esta obra, con el título original de One Writer's Beginnings se convirtió en un best seller inesperado cuando apareció en 1984. Cuatro años después vio la luz en nuestro país de la mano de Montesinos, con traducción de Miguel Martínez-Lage, que no quedó muy satisfecho con el resultado. Por eso ahora cobra especial significado esta edición de Impedimenta. Como la propia autora afirma: ... todo reto serio, ambicioso, surge ante todo de nuestro interior.

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Crítica literaria