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Escena de caza (furtiva)

Agustín Gómez Arcos

30/07/2012

Crítica por: David Cano / Notodo

¿Cómo no odiarte? ¿Queda en mí un ápice de libertad, de sosiego, para que el amor florezca? Si miraba a mi alrededor sólo veía razones para odiarte aún más, sin piedad; y si miraba dentro de mí… Por dentro, yo era un puro vacío. Duelo permanente. Tan sólo los relatos de tus hazañas de verdugo podían llenarlo. Se agigantaban en mi vacío interior. Tronaban. Leía los periódicos y guardaba todos los recortes relacionados contigo, con tu camarilla, con tu mujer, con tus hijos, y transformaba todo aquello en odio. Porque nosotros, los que odiamos, también tenemos nuestros sacramentos, nuestras transubstanciaciones. Nuestras liturgias. Sabemos alimentar nuestro odio con recuerdos muertos, con el recuerdo de nuestros muertos. Con odio nos dormimos, con él nos despertamos, con él trabajamos; de él, como enfermos crónicos, nos nutrimos. Único pan de los que esperan el exterminio de una casta para ganarse el derecho a vivir.

La intendencia de la trinidad biliosa que conforman odio, rabia y rencor y el manto subyugante, sólido e irrevocable, de la historia y la memoria, que no hacen sino sostenerlos y reverberar su sino, borbotean como torrentes pujantes más que nunca en esta novela de Agustín Gómez Arcos. El autor almeriense, quizás uno de nuestros mejores escritores de la segunda mitad del XX, aunque también de los más fantasmales y esquivados (acaso escorado), valiente y comprometido defensor de la memoria histórica difícilmente allanable, difícilmente olvidable, escribió esta fascinante y brutal (y lo es por muchas razones y en sus muchas acepciones), también modernísima, novela en 1978. Fue finalista en los premios Goncourt y es, por fin hoy, traducida al castellano. Traducida porque, a pesar de que fuera la lengua materna del de Enix, Agustín Gómez Arcos escribiría gran parte de su producción literaria en francés, el idioma de su París adoptivo donde terminó después de una temporada en Londres y siempre alejándose voluntariamente de una España de imposible regreso en la que se sentía extorsionado hasta el hastío y donde con más incomodidad se recibían sus obras.

Afortunadamente para los amantes del desvío y el genio, del ejercicio de la escritura de saña y consuelo, de la literatura que drena cólera engendrada y la convierte en un artefacto magnífico de estética, maquinal y sobresaliente estrategia narrativa, realismo voraz y rico también en una profunda inmanencia simbólica, mágica, y una suerte de filosofía íntima de la historia nuestra; la editorial Cabaret Voltaire, que vuelve a su Madrid de origen, lleva unos años rescatando la producción del autor andaluz. Luchando contra su marginación (radical para la dictadura y para la transición; izquierdista, anticlerical, intelectual y homosexual) y disponiendo el atrevimiento único del deletreo de la historia (la objetiva y la subjetiva) y de un furor que raras veces ha servido como instrumento tan hábil y eficaz, tan significativo, para la creación literaria. Interesados hasta la obsesión (lógica) en sus palabras, sus editores incorporan en su catálogo Escena de caza (furtiva), quizás la más violenta, la más visceral de todas sus novelas. Un auténtico grito en el vacío torvo. Y otro de esperanza turbada que sentimos.

La novela, de profuso caudal, atenta concepción estética, también a la figuración nítida, escultural, volumétrica y veraz de sus personajes, de finísimo y de muy moderno contrafuerte estructural, sustentáculo todo de lo que sería una obra maestra, ésta; sitúa el foco nuclear en un personaje en torno al cual se articula el relato. Donde confluye en fin y principio. Germán Enríquez, el Jefe de Policía. Un torturador que se encargaba de muchos de los que se oponían al régimen después de la Guerra y un símbolo más de la represión franquista (recuerden a Melitón Manzanas, con el que hay más de un paralelismo, por cierto). Un cazador-cazado, verdugo y víctima, origen y expiación del quebranto, sístole del odio y causante, por índice ejecutor, de muchos a su alrededor.

En torno a él, y con base diegética en una ciudad minera del norte de España, se enuncian los ecos de las voces que delimitan el drama en los cinco capítulos largos que circunscriben la necesaria aversión, la oposición natural, hacia el despiadado personaje. Lindando sus flatulencias y su sed de secreciones, su desviación y su peligro nutriente, se despliega el mapa de relaciones que se encarga de desarrollar la trama desde ese sombrío y teatral comienzo de su esposa sentada frente al espejo, fumando el día de su entierro. Conocemos de esta forma a su madre, la sustancia que forma su atracción a la bestialidad, a su putilla y a la madre de ésta, que resultar ser otra hija de puta; a su mujer, sus mentiras, sus debilidades y sus muchas bajezas; a sus víctimas, amputados de libertad y vejados, torturados en camarillas subterráneas hasta la liquidación; a sus amigos o lo más parecido a estos. Y a su verdugo. Vida para su muerte, muerte para su vida.

El trazado preciso del relato, su consecución, es absolutamente brillante al igual que lo es la descripción y construcción siempre tan lúcida de sus personajes femeninos, vientres de heridas, pilares de casi la totalidad de sus trabajos narrativos. Y de la definición sociopolítica de las desigualdades, de los gérmenes perpetuados de la ira, de las clases. De la sanguinolencia y la mierda que subyace a la opulencia del poder y de la sumisión silente por anestesia de la clase obrera, llenabolsillos de los otros y cuna siempre tan bullente del ejercicio creativo del autor, que se niega a no hablar de lo suyo.

A través de ellos, sobre todo de ellas, nos muestra las vilezas del crimen, nos introduce en el lugar de la codicia y la perversión, la del poder y la otra, en el coto vedado de los poderosos y en los esbirros que expanden sus tentaculares viscosidades venenosas en la práctica de la monstruosidad clandestina. Infringiendo los daños y cultivando gritos de venganza. A través de ellos realiza un retrato hondo epocal, encendiendo los candiles apagados del memoricidio, exultando historia, psicología, política y filosofía. Reclamando atención vindicativa, justicia poética y el clamor sordo de lo desgañitado de esos gemidos. Fascinación estratégica inteligente, contundencia y precisión lírica. Rabia y odio desde la asadura. Insistimos: bru-tal. Que no nos maten más cultura como ésta, valiente y rica. Abramos siempre los ojos a los malditos.

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Crítica literaria