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Diario de un joven médico

Mijaíl Bulgákov

02/05/2016

Crítica por: Sra. Castro / Solodelibros

Mijaíl Bulgákov es el reconocido autor de un clásico del siglo XX, El maestro y Margarita. Pero años antes de escribir su obra maestra, Bulgákov estudió medicina y, recién licenciado, ejerció en un pequeño hospital rural. Sus experiencias como médico primerizo fueron recogidas en Diario de un joven médico.

Diario de un joven médico es por tanto una colección de anécdotas que recogen el aprendizaje de un médico rural en los años previos a la Revolución Rusa. Las historias que Bulgákov reunió dejan constancia de las dudas de un joven universitario que aprende por la fuerza lo poco que se parece la práctica real de la medicina a lo aprendido en las aulas.

Bulgákov, aunque nunca se identifica como tal en sus diarios, afronta con temor pero entereza sus primeros casos. Sin más ayuda que un enfermero y un par de comadronas deberá tratar a una muchacha gravemente herida. No puede mostrar las dudas que lo atenazan a cada paso de la operación, debe dar muestras de seguridad ante su equipo aunque con cada incisión tema por la vida de la paciente.

Y ese es el primer punto de interés de esta lectura. Su talante profundamente humano. Con frecuencia se olvida que los médicos no son sino personas, que dudan, temen, se cansan e incluso, por desgracia, yerran.

Diario de un joven médico es una forma de ver la otra cara de la práctica médica; el hecho de que además esté escrito con una enorme sencillez, sin ninguna pedantería, subraya esa humanidad que señalaba. El médico que lo escribió se muestra como una persona sencilla y, tal vez debido a su inexperiencia, que reconoce sin ambages en las páginas de su diario, consigue resultar entrañable.

Su mayor miedo en los primeros días de ejercer como médico es tener que asistir a un parto en el que el niño venga de través. Lo repite tan a menudo que el lector acaba por hacer suyo ese temor y, cuando el momento llega, sufre con él la tortura de cometer un error que perjudique a la criatura o a su madre.

Y este es otro de los puntos interesantes de Diario de un joven médico: es una pequeña recopilación de casos clínicos. En sus anotaciones el médico Bulgákov presenta los síntomas, apunta las posibles causas y termina por llegar a un diagnóstico. El proceso resulta siempre interesante, entre otras cosas porque el autor nunca se sirve de tecnicismos que puedan desanimar al lector.

El libro es por tanto un testimonio de la vida y los problemas a los que hacía frente un médico rural de la época. A kilómetros de distancia de cualquier hospital mejor equipado, debe hacer frente con ingenio a los problemas del día a día.

Solo, con un reducido equipo, está disponible para sus pacientes las veinticuatro horas del día y antepone siempre sus necesidades a su propio descanso o comodidad.

Un joven moscovita con estudios debe enfrentarse cada día con paciencia y tesón a la ignorancia y superstición de los campesinos, que desconfían de la ciencia, abandonan los tratamientos y sólo acuden al médico cuando la necesidad es muy acuciante, a menudo demasiado tarde.

En una sociedad falta de héroes, los médicos lo son. Tal vez héroes domésticos, de andar por casa, a los que ya ni prestamos atención. Pero libros como este nos hacen recordar la importancia que tienen sus desvelos.

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