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Diario de un amargado

Federico Montalbán López

29/05/2012

Crítica por: Alan Queipo / Notodo

Hay quienes dicen (y hasta creen) que el odio es una cuestión (¿conflicto?) social. O generacional. Como la indignación. Yo creo que es una cuestión más crónica. Rutinaria. Habitual. Un ritual. Como la bulimia. Comer y vomitar (en este caso, los varapalos e infiernos propios e impropios, personales y subyugantes). No hace falta ni ser un pedante ni un cascarrabias para hacer lo que Federico Montalbán López: exhibir. Colocar al hombre al borde del hombre. Mecanografiar en versión (no) moderada sus instintos más básicos (casi los mismos que los de Sharon Stone pero en modo fracaso activado). Hacer de la escatología y la hinchazón de huevos tanto física y metafórica un proceso. Hacernos creer que los alter egos llevan mejor eso de la autoflagelación. Incendiarse e imprimirlo. Hacer de la misma pedagogía terapéutica del auto-azote religión y crear (p)relación. Activar el humor propio. Decidir que la vida es una mierda y que mola contarlo así, tal cual es. Confesar sus fracasos maritales; su concepción de hombre-ama-de-casa; su militancia activa (y avergonzada y socarrona) en el cambio de roles (mujer exitosa, hombre hogareño); el caos de tener dos hijos; los retazos poéticos; la poca actividad sexual; el amor despiadado hacia sus hijas y (aunque ni él lo crea, cae) su mujer; su devoción por la literatura de Chéjov; su incapacidad socializadora; su psicodélica y narcótica relación con un ratón macarra que habita en su despacho; y su necesidad de cambios grandes que lo dejen en fuera de juego y lo devuelvan a la pista. Todo ello en un entramado de realidad que no engaña: embrutece.

Esa obsesión y necesidad tan cañí y simplista por querer saber si realmente los meta-conflictos de inconformismo y odio popular en un sentido crónico que Montalbán aprecia y apuntala en el amargado narrador son, en verdad, versiones deformadas de la vida del escritor, es caer en la soplapollez crónica amarillista y sensacionalista. Más allá de situaciones reales que se den en la vida de narrador-protagonista y escritor (murcianos, escritores, dos hijos pequeños –en el caso del escritor no son gemelas, al menos-, inconformistas) lo que hace Montalbán en Diario de un amargado (y que recrea Laia Domènech en puntuales ilustraciones modélicas) es convertir un ejercicio de confesión real (ya) en novela, más allá de posibles metonimias de alter ego o no. Para ello se asiste a sí mismo a una convención generacional de escritores underground que hacen de la suciedad poética de su generación su seña de identidad más fiable (Pablo Álvarez Almagro, Alberto Olmos, Javier Gutiérrez), sin caer en el populismo posmodernista (Fernández Mallo, Javier Calvo, Antonio J. Rodríguez) y convirtiendo su diario-novela en un elemento de consulta aleatoria, casi como el Rayuela de Cortázar o algún libro de relatos en versión road movie de Kerouac o Updike. Un diario en el sentido cronológico y adolescente del concepto (y proyecto) en el que tribula, deja espacios, lanza confesiones que son, en realidad, el concepto, nudo y desenlace de la historia (“Un hombre empieza a escribir una novela diario. Lo que cuenta se parece a su vida pero introduce los cambios suficientes como para que sea distinta. (…) Poco a poco se empieza a confundir realidad y ficción. Se convierte en su propio personaje. Llama a su pareja por el nombre de su pareja del diario. Sufre profundamente por los problemas a los que se enfrenta su álter ego… Pierde la razón”) y sostiene en una tensión violenta completamente indefensa a un cascarrabias por deceso que acaba por ser tan entrañable y romántico como socarrón y punky. Amarg(h)or(d).

*Federico Montalbán López estará presentando el libro el próximo viernes 1 de junio en Madrid en la librería Panta Rhei y será introducido por servidor.

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