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Cuentos droláticos

Honoré de Balzac

12/07/2011

Crítica por: David Cano / Notodo.com

Tratándose de uno de los autores y retratistas escribientes más importantes de la sociedad francesa del siglo XIX, Balzac no tuvo reconocimiento alguno hasta un determinado momento de su vida y tras un concatenado abofeteo de fracasos y ruinosos momentos de auténtica penuria. Y eso que venía de buena familia. Su experiencia infantil está marcada por un rechazo gélido de sus progenitores, lo que generará en el de Tours un desapego emocional que calará, obviamente, en el poso fermentado de su prolija producción literaria. Debido a su particular y traumática biografía (especialmente durante su infancia y adolescencia y que refleja en una novela autoficcionada: Louis Lambert), que le acorraló en internados donde sus padres le desterraban y le acosaban disciplinariamente al estudio a la fuerza para hacer de él un hombre de provecho, aunque no sería nunca, el académico, el ámbito en el que destacaría. Lo que sí es cierto es que esa manía obsesiva de sus padres, conduciría a Honoré, con otros horizontes ilusivos anhelantes y un reflejo condicionado frente a la impositiva severidad de los padres, a precipitarse ante la suculenta tentación del suicidio en alguna ocasión dejándose caer al Loria, que también es mencionado en alguno de los cuentos de este sorprendente volumen. Llegado un determinado momento, y a pesar de los intentos familiares por hacer de él un notario de prestigio, Balzac ingresa en la Sorbona donde toma contacto con la literatura mística y filosófica y comienza su adicción a los libros descubriendo en ella una liberación y un interés que definen sus perspectivas profesionales como escritor. Así es como llegará a una pequeña buhardilla en París desde donde escribirá y escribirá obcecado en el afán de enriquecerse por verter tinta sobre papel hasta el éxito. Trabajará pronto para periódicos y revistas, donde destacará un tono realista, entre popular y cultista, pintoresco y crítico (en el acento del detalle) de la sociedad que vive, a la que siempre supo retratar con una extraordinaria sofisticación e ironía. Es por eso, y tanto literaria como literalmente, uno de los mejores historicistas y sociólogos de la sociedad francesa del siglo XIX y uno de los que mejor supo escudriñar las miserias y veleidades de las clases sociales de su tiempo. [Si no han leído El tratado de la vida elegante o Mujeres lo bastante ricas, háganlo, Impedimenta y Periférica los acaban de editar respectivamente para su lectura lúdica y son textos imprescindibles para indagar en una sociología y semiótica de la moda]. Y es, además, uno de los precursores de la novela moderna, genio privilegiado que hace de la versatilidad estilística y camaleónica, de sus seudónimos y alias, un virtuoso de la elasticidad de la palabra y en la posibilidad de dinamizar la lengua tanto en fast forward como en rewind, en una aventura diacrónica, futura y pasada, que es signo y diferencia del multilenguaje de su escritura.

Además de la inmensa obra de su vida, la inacabada Comedia Humana, los Cuentos droláticos de Honoré de Balzac (publicados entre 1832 y 1837),  a los que tampoco llegó a darles fin, son compuestos en el tiempo en paralelo con esta obra magna. Compartirán también con ella el afán de recrear un universo ficticio sobre el que puebla con diferentes personajes sus narraciones, haciéndolos deambular cíclicamente y saltar de un cuento a otro con un sinfín de guiños al lector, que goza y se regocija en la psicología cómplice del autor y en la que advierte en cada uno de sus personajes tipológicos que analiza. La previsión era concebir cien cuentos de los que nos deja únicamente treinta, algo del todo lógico si recordamos que no cejó de escribir, prostituido o no, para sobrevivir. Compuestos o agrupados en tres décimas, un Balzac criptoautoral implica compinche y voyeur al que lee desde el primer momento en sus prólogos a cada uno de estos tres grandes capítulos que conforman los cuentos. Y sabiéndose criticado por la sociedad de su tiempo, pues además de este menester arcaico en el uso del lenguaje, el francés escribía también según las modas de su tiempo, adopta un papel jocoso e hilarante muy a la manera de Rabelais, al que idolatra en cuanto tiene ocasión, para repasar y despachar a los críticos con un desternillante sentido del humor. Sus Cuentos droláticos (divertidos y fantásticos por acepción) son recreos similares entre sí. Son entretenimientos burlescos donde lo bizarro, lo anecdótico y lo picante se funden con una melancolía gótica y oscurantista que sulibellan y magnetizan provocando tanta adicción como risa. En ellos surge la sorna, lo burlón, la sátira,la provocación inmoral, el recurso a la moraleja, lo supersticioso, la hipocresía buscada y la crítica del clero mujeriego, la ridiculización de la alta sociedad, el recurso a los maridos cornudos de distinta cornamenta, las ventosidades ocasionales de las monjas, los pecados veniales, la hidalguía caricaturizada, lo horripilante, lo escabroso, el antihéroe absurdo, los pequeños pajes, el flirteo descarado, el enamoramiento vacuo y el apasionado; que forman en suma un pantagruélico y lúcido esperpento (muy valleinclanesco, aunque el estilo se emparente más con lo que en España sería el Siglo de Oro, entre el conceptismo y la picaresca y, por eso, lo cultista y popular). Siempre sitas en La Turena, patria de Rabelais y escenario que comparte con la Comedia Humana, estos cuentos distraían el otro trabajo de fines pecuniarios del autor y aprovechaban esa picaresca antigua para la parodia y crítica moderna. En ellos se relajaba versando ritmos etnoliterarios y preñándolos en un pastiche de risa, paternósteres, gentileshombres, pundonores, zalamerías, acicates, súcubos, hosteleros, orfebres, galanes, prebostes, escuderos, cortesanos, golas, doncellas, abadesas, monseñores, senescales, arzobispos, princesas, reyes, castillos, arcaicismos y neologismos o derivaciones inventadas que forman parte de la creatividad modal (pues se venía practicando desde otras plumas) y que siguen un hipérbaton constante, ya en un dominio arcaizante del autor. Por eso es de agradecer la exhaustiva traducción (e introducción) de Lydia Vázquez Jiménez y Juan Manuel Ibeas Altamira para esta espléndida edición en el segundo título de la colección Hors Série, de Cabaret Voltaire. [El libro blanco de Cocteau fue el primer título]

Pero no sólo destaca por eso la edición de la editorial que recupera una obra que lleva más de cien años descatalogada, sino porque incluye, además, las 425 ilustraciones que de Gustave Doré se incluyeron en la edición de 1855 (que no llegó a ver el autor). En ellas Doré hace del grabado un ejercicio nuevo (al trasladar acuarelas y gouaches al grabador que termina el trabajo) que es fruto compartido del dibujante y del maestro del buril (bien detallado en la edición), y que recrean las treinta historias, si se quisiera, de una manera autónoma a la escritura. Estrambóticos y oscuros (caprichosos, también, y no sólo, en lo goyesco), estos dibujos (muy a la Brueghel, espiritosos y estirados a lo El Bosco) aparejan una lectura que complementa lo escrito en una comunión entre lo grotesco y lo sublime, que redimensiona al unísono lo escrito y lo ilustrado. Un ejercicio que es todo salud, pues, además de repartir a diestro y siniestro a todo el que pasea sus páginas y pergeñar un cosmos único entre la medievomodernidad, los Cuentos droláticos comportan el arte psicológico y el sabio consejo de reírse de uno mismo. Aprovéchense. De uno o del otro, pero ríanse.

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Crítica literaria