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La edad de la inocencia

Edith Wharton

22/03/2011

Crítica por: Sra. Castro

Con La edad de la inocencia ganó Edith Wharton en 1921 el Premio Pulitzer. Es esta una obra de madurez que retrata con prolijidad la sociedad de la alta burguesía en la Nueva York de la década de 1870; pero especialmente dibuja, con gran hondura psicológica, el despertar de la conciencia de un hombre a una vida verdadera, despojada del corsé de los convencionalismos dictados por la clase social.

Se nos presenta a Newland Archer, miembro de una prominente familia patricia de la ciudad, la noche del anuncio de su compromiso con la joven May Welland. A causa de este compromiso, Archer ser verá obligado a entrar en la defensa de madame Olenska, prima de su prometida, que acaba de regresar de Europa huyendo de un matrimonio desafortunado. Poco a poco, nuestro hombre irá viéndose atraído por las cualidades de Ellen Olenska, una mujer que ha crecido lejos de las férreas normas sociales que gobiernan Nueva York.

Con estos mimbres, la autora crea una obra de múltiples facetas, todas perfectamente ensambladas. Así, nos presenta un retrato de una sociedad que, en la época en que Wharton escribía esta obra, ya había dejado de existir, metamorfoseándose en una sociedad más abierta y tolerante —como se indica al final de la novela—. La etiqueta, las costumbres y la moda de esa Nueva York tradicional desfilan por las páginas de La edad de la inocencia y sirven de telón de fondo contra el que destaca de cuerpo entero la mezquindad de una sociedad que trata de volverle la espalda a una mujer que ha abandonado a su esposo; así como el instinto gregario de las familias patricias que se unen en bloque para proteger y rehabilitar a los suyos.

La cuestión femenina también se presenta con destreza en esta lectura, a través de la visión que Newland Archer tiene de las protagonistas de la novela. Archer es, al principio, un firme defensor de la inocencia femenina que su clase tanto se esfuerza por preservar. En ese sentido, May Welland es el arquetipo de las virtudes que una joven patricia debe poseer: candor, un barniz de cultura, elegancia y, sobre todo, sumisión a los dictados sociales y a la voluntad del cabeza de familia. Por el contrario, Ellen Olenska representa a la mujer emancipada, que trata de conseguir, si no la felicidad, si al menos cierta tranquilidad de espíritu, aun a costa de sacrificar su posición social.

Entre ambas mujeres, Archer irá inclinándose por la espontaneidad y el criterio propio de madame Olenska, pero no sin reflexionar sobre el papel ridículo que la sociedad dispensa a las jóvenes de buena familia: educadas como muñecas sin voluntad, se les niegan los conocimientos necesarios para enfrentarse a la vida con independencia; educadas para el matrimonio, no se les permite ser camaradas de sus esposos, en cuanto se les veta cualquier interés hacia aquello que tradicionalmente se considera masculino.

Pero el punto fuerte de la novela, que logra emocionar sinceramente al lector, es el progresivo despertar de Newland Archer que señalábamos. Por su relación tormentosa con Ellen Olenska, pero también por su cambio de estado —de despreocupado soltero a responsable padre de familia—, nuestro hombre se replantea toda su existencia, sólo para comprender que todo su universo no es más que un decorado donde se representa una farsa que imita a la vida. Mientras, la verdadera vida transcurre por otros lugares, entre gentes auténticas que se niegan a someterse a los convencionalismos de una sociedad conservada en formol.

La capacidad para recoger la sorpresa de un hombre adulto que verá tambalear y caer las creencias en las que ha sido criado y que ha hecho suyas; y la sensibilidad para plasmar el dolor de ese hombre al comprender que su destino está sellado y que su futuro se cierra sobre él con el peso de una lápida, junto con el estilo reposado, descriptivo y sobrio  de Edith Wharton convierte La edad de la inocencia en una novela deliciosa para leer siempre.

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