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El jugador

Fiodor Dostoievski

19/04/2011

Crítica por: Sr. Molina

Como en muchas otras obras de Fiodor M. Dostoiveski, en El jugador (Alianza Editorial) nos encontramos con un personaje contradictorio, de talante impetuoso y acosado por una pasión que le sume en la desesperación. En este caso, esa pasión es doble: por una parte, como se puede inferir por el título del libro, está el juego; por otra, el amor. El maestro ruso esboza en esta novela corta un retrato de un hombre hundido, moralmente inestable e incapaz de hacer frente a su funesto destino por la debilidad de carácter; un hombre bondadoso, pero cobarde en lo que se refiere a madurez psicológica.

Aleksei Ivanovich, el jugador de la obra, es un preceptor que acompaña en su viaje por Europa a un general ruso de alto copete, pero de escasos medios. En el séquito de éste también viaja Polina Aleksandrovna, hijastra del militar por la que el protagonista siente una pasión irrefrenable y violenta; Polina, sin embargo, apenas le presta atención y le maneja a su antojo con muy poca delicadeza. Cuando el grupo llega a Roulettenburg, una capital alemana del juego, la proximidad del casino y las mesas de ruleta ponen en marcha una serie de acontecimientos que cambiarán la vida de Aleksei y de todos los que le rodean.

La trama, como es fácil de imaginar, es casi lo de menos. Dostoievski va construyendo con una narración directa (la historia la cuenta el propio Aleksei un tiempo después) y dura (el estilo es cortante, seco, fragmentario en ocasiones) la desventura de un hombre que se deja caer en la depravación por su incapacidad para afrontar los reveses de la vida. El protagonista es maltratado por Polina y por el propio general, pero también es apreciado por algunos otros personajes, como míster Astley o la tía del militar, Antonida Vasilyevna, que viaja desde Rusia sólo para perder una gran fortuna en la mesa de juego (en detrimento de su sobrino); su desgracia no sólo estriba en la incomprensión que suscita en otros personajes, como es el caso de Polina, sino también en el desconocimiento de sí mismo. Aleksei, en verdad, es una marioneta frágil que no tiene voluntad para evitar los errores: así ocurre cuando acompaña a la vieja Antonida al casino y no es capaz de convencerla para que deje el juego, o cuando su relación con su amada está a punto de convertirse en realidad. Como él mismo afirma en un pasaje: «no sabía formular mis preguntas»; no es capaz de ver más allá de los acontecimientos y se deja guiar por una fuerza (violenta y tempestuosa) que le zarandea sin compasión. A esta fuerza podemos llamarla destino, hado o, simplemente, vida.

La alternancia de las emociones es una consecuencia lógica de esa existencia azarosa y casual. El amor de Aleksei por Polina alterna arrebatos de odio intensos con abandonos de la voluntad, como si el personaje fuera incapaz de racionalizar su conducta y adecuarla a la sensatez. Es lo mismo que se aplica a su visión de la ruleta: como muchos jugadores, el protagonista sufre rachas de suerte muy dispares, pero además desprecia las salas de juego («[...] todo me parecía muy sucio, algo así como moralmente sucio e indecente») tanto como se ve atraído hacia ellas, seguro de que su destino le lleva hacia allí. La inconstancia, la insensatez, la irresolución, parecen tener mucho más peso en el alma de Aleksei, por lo que sus pasos se encaminarán a una suerte de autodestrucción casi prefijada, intuida desde el comienzo tanto por él mismo como por los que le rodean.

Una vez más, Dostoievski construye un personaje atormentado y frágil, poseedor de unas virtudes nobles que, sin embargo, no son suficiente para dotarle de humanidad. El “alma rusa”, como el narrador intuye, está abocada al caos, pese a tener un fondo de genio insoslayable. El jugador es una breve muestra del mejor Dostoievski y de sus inmortales creaciones; pocas veces se habrá reflejado al ser humano con más saña y con más discernimiento. Imprescindible.

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Comentarios - 1

1 | Benardo Sanhueza 19-04-2011 - 19:33:38 h
Considero que podría enriquecerse el comentario, eso lo haré cuando lo lea

Crítica literaria