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El Gran Gatsby

Francis Scott Fitzgerald

15/11/2011

Crítica por: José Martínez Ros

El Gran Gatsby es un clásico porque, releído más de ochenta años después de su publicación, sigue resultando perfectamente actual. De hecho, nunca ha sido tan actual: la atmósfera de fiesta infinita de los años veinte, la era del jazz, de la prohibición, que recorre el libro recuerda demasiado a la España de la década previa a la crisis; en ambos casos casi nadie tomaba en consideración los malos presagios y también parecía que la fiesta iba a durar para siempre y nadie tendría que pagar las facturas. Lo que sigue a ambas épocas es, como desgraciadamente sabemos, la sensación de que bajo una dorada pátina lo único de verdad ilimitado eran las mentiras y la corrupción.

Tal vez el pretexto para la nueva edición sea el rodaje de una versión cinematográfica protagonizada por Di Caprio, bajo las órdenes del director de Australia y Moulin Rouge. Como Justo Navarro, el nuevo traductor de esta bellísima novela, recuerda en el epílogo, tras acabar El Gran Gatsby en la riviera francesa en 1924, Francis Scott Fitzgerald dijo a su editor que “he escrito la mejor novela de los Estados Unidos” y apenas exageraba; con un inmenso talento, creó una figura que se convirtió en símbolo, una perfecta encarnación del mito norteamericano del hombre hecho a sí mismo, Jay Gastby, un joven procedente de ninguna de parte que adquiere una enorme mansión en Long Island en la que recibe a cientos de desconocidos que especulan sobre su origen, lanzando versiones contradictorias: ¿antiguo espía alemán, especulador, contrabandista de alcohol, asesino, príncipe, matón de la mafia, primo del demonio o héroe condecorado en la Gran Guerra? Pero lo más genial de El Gran Gatsby no es lo que cuenta, sino cómo lo cuenta: desde la perspectiva de Nick Carraway, un modesto agente de bolsa que nunca ha olvidado un consejo de su padre –no precipitarse en juzgar a los demás- y que, por esa misma razón, se convierte a menudo en el receptor de variopintas e indeseadas confidencias.

Todo lo vamos averiguando progresivamente, a través de la mirada de Nick y con lo que otros le cuentan, un puzzle que, al final, nos revela el auténtico perfil –romántico o ridículo- de Gatsby, el misterioso millonario al que divisa por la noche contemplando la luz verdosa de un embarcadero al otro lado de la bahía. Allí vive la mujer de la que está enamorado, Daisy cuya voz “está llena de dinero” y su marido, el brutal, racista e ignorante Tom, ricos y privilegiados de nacimiento y que, como Nick afirma en las últimas páginas, se revelan como mucho más mezquinos y despreciables que el advenedizo. Mientras lo releía, disfrutando de la magnífica traducción de Navarro, no he podido evitar imaginar cómo se podrían adaptar los personajes de El Gran Gatsby en una versión 2.0 ambientada en este país en la primera década del siglo XXI. ¿A qué se dedicaría ahora el protagonista? ¿Haría su fortuna levando colmenas de pisos en la costa o en las afueras de la capital, al estilo Pocero, en lugar de traficar con alcohol? Y su enemigo, Tom, ¿sería un banquero o un político? En cualquier caso, cualquier excusa es buena para releer El Gran Gatsby y, si aún no lo conocen, mucho mejor, para descubrirlo.

 

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