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El verano sin hombres

Siri Hustvedt

03/01/2012

Crítica por: Cristina Davó Rubí / Latormentaenunvaso

En esta época invernal en que el verano queda ya tan lejano y borroso, volvemos a él a través de la nueva novela de Siri Hustvedt (Minnesota, 1955), El verano sin hombres (2011). Inevitable mencionar que la autora es la esposa del reputadísimo escritor Paul Auster, aunque basta con leer unas líneas para saber que su posición es por méritos propios. Tras varias novelas (Todo cuanto amé o Elegía para un americano), poesía e incluso ensayo (La mujer temblorosa), Hustvedt entrega una “comedia feminista”, como ella misma ha calificado este relato sobre una mujer que enloquece cuando, tras treinta años de matrimonio, su marido decide tomarse una pausa. Lo peor es que para Mia, la protagonista, se trata de una caída repentina al abismo, porque no ha mediado un conflicto, ha sido algo súbito, su relación iba bien hasta que su marido decidió sin más irse con otra. El proceso de curación de esta mujer de cincuenta y cinco años va desde el ingreso en una clínica para trastornos neurológicos hasta la estancia estival en su pueblo oriundo. Allí se produce la catarsis. La convivencia con el grupo de amigas octogenarias de su madre, el curso de poesía que imparte a unas adolescentes y la relación con la vecina hacen que Mia tome distancia de su drama. Así, visto con perspectiva y compartiendo otras experiencias en femenino, su tragedia se va convirtiendo en algo incluso absurdo. Hustvedt crea una galería de personajes exclusivamente femeninos, de lo cual da buena cuenta el título. Y en estas mujeres quedan representadas todas: la anciana Abigail, que expresa su represión a través de bordados subversivos; la vecina Lola, víctima de un marido celoso y violento; las chicas adolescentes con sus rencores e inseguridades; e incluso Flora, una niña feliz con sus juegos. Y en medio de todas ellas, Mia, la esposa abandonada, madre de Daisy, que representa a la mujer moderna, sin complejos ni ataduras.
 
El personaje masculino omnipresente, aunque ausente, es Boris, un científico sesentón. Con este pretexto, la escritora norteamericana teoriza, de una manera muy amena e irónica —y tras labor de documentación— sobre la ciencia, sobre los trastornos nerviosos, sobre las diferencias entre hombre y mujer, no sólo sexuales sino también biológicas, como la edad. Descubrir el punto de vista femenino ha proporcionado a la narrativa de Siri Hustvedt una interesante mezcla de sentido del humor y profundidad. El resultado es una novela en primera persona, con fragmentos de diario personal, con digresiones teóricas, poemas, cartas, correos electrónicos y continuos guiños al lector. Se atreve incluso la autora a ilustrar la historia con unos dibujos propios que simbolizan la liberación de la protagonista.
 
Cuando se le pregunta a Siri Hustvedt sobre la parte de autobiografía que hay en esta novela, aludiendo a que Mia es escritora, como ella, a que su hija es actriz, como Sophie Auster, a las supuestas crisis conyugales, a sus problemas nerviosos, Hustvedt zanja el tema afirmando que todos los escritores trabajan con material autobiográfico, pero ¿acaso se le acusa de no tener imaginación?, ¿se le hace esta misma pregunta a los hombres?
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Crítica literaria