Dostoievski
De entre las muchas obras maestras que F. M. Dostoievski dejó como legado a la literatura universal, quizá...
Crítica por: Solodelibros
El manicomio
Era una tarde de domingo, triste por el tono grisáceo del tiempo que estaba haciendo. Algo de niebla y las nubes dejaban caer finas gotas de lluvia que empapaban a quienes como yo caminaba por la calle. Aquella tarde había decidido ir a visitar a un buen amigo mío, a Rafael, que se encontraba ingresado en el Manicomio. Era lamentable, pensando el porqué mi amigo se encontraba en esa situación. Yo iba recordando el motivo mientras caminaba en busca de mi tranvía, el Nº 9 y que tenía su parada en la plaza de Emilio Castelar. Cuando llegué a la parada no tuve que esperar mucho tiempo y pude sentarme cuando llegó mi vehículo, este debía llevarme a Patraix, a Jesús.
Mientras este rodaba haciendo chirriar sus ruedas metálicas contra las vías, yo iba rememorando el pasado, y de pensar en el edificio donde estaba recluido mi amigo, de verdad que me entraba pena. Me puse a pensar lo que significaba aquella institución y repasando mi memoria, pude hacer una pequeña historia sobre su inicio como asilo de gente insana. La fundación del primer Manicomio fue en el año 1409 y fue obra del mercedario Joan Gilabert Jofré. Este, yendo por uno de los barrios marginales de Valencia, vio como unos niños apedreaban a un anciano que no estaba en sus cabales. Viendo aquella injusticia tomó la determinación que tenía que hacer algo y en uno de sus sermones en la iglesia de San Esteban, hizo mover sentimientos de solidaridad en las gentes de buena voluntad y estas se unieron para constituir una Cofradía con el fin de postular dinero y erigir lo que fue el Hospital dels Folls de Santa Maria dels Innocents.
Al principio fue un pequeño edificio en donde cabían pocos enfermos y en 1482 se erigió otro hospital, se compraron casas para levantarlo y fue el Hospital General del Reino, al que se incorporó el Hospital dels Folls y permaneció allí hasta 1866 en que se trasladó al Convento de Santa Maria de Jesús, sito en Patraix, zona de Jesús.
Para mí no era una visita que me agradara, pero apreciaba a mi amigo mucho, deseaba verlo y saber como estaba. Llegué a mi parada y bajé apresuradamente, ya que la lluvia había comenzado a caer algo más intensa. No tardé en llegar a las puertas del Convento de Santa Maria de Jesús y llamando a la campanilla no tardaron nada en abrirme y entré. Me abrió Sor Maria del Carmen, una monjita de la Misericordia, que se dedicaba a cuidar enfermos, me conocía desde hacia tiempo y al preguntarle yo por mi amigo me dijo que estaba en el jardín. Me extrañó mucho que él estuviera mojándose, pero se había dado la circunstancia de que había parado de llover y casi lucia el sol tímidamente.
En el interior del convento había un pequeño jardín con geranios y violetas, rosales y clavellinas, palmeras y plátanos de sombra, y hasta un emparrado sobre una fuentecilla que llevaba el compás del murmullo de las hojas. Todas las visitas debían pasar al jardín para que sintieran el frescor de las hojas verdes y la fragancia de las flores. Cuando pasé a aquel pequeño Edén, vi a mi amigo sentado en uno de los bancos rústicos, y cómo siempre sentado en el mismo banco. Me fijé bien en su figura, cabizbaja, enjuto, sombrío, con su siempre enlutado traje leyendo incansable y sin saber lo que pasaba a su alrededor.
No me había visto acercar y cuando puse mi mano sobre su hombro le sobresalté y se volvió a mirarme.
-¿Cómo estás Rafael? Le pregunté.
Por su mirada que se dirigía a la mía con cierta extrañeza, me dio la impresión de que no me reconocía. Pero al instante una sonrisa iluminó su rostro, se levantó y me dio un fuerte abrazo.
-¿Cómo estás amigo Miguel ? Te estaba echando de menos, no te he visto desde hace días y aguardaba tu visita.
-Te veo muy bien - dije yo - me alegro mucho de verte. Mira te he traído unos bombones y un libro de historias como te gustan a ti.
-Gracias Miguel te lo agradezco mucho.
Estuvimos una media hora en la que hablamos de esto, de aquello y me estaba dando cuenta de que su atención dejaba de atenderme, así que pensé que lo mejor era retirarme, no sin antes haberle dado un abrazo. No hice nada más que levantarme y prácticamente dejó de estar conmigo, se encerró en su pensamiento.
Estando de pié al lado del banco, se me acercó el Director a saludarme, ya que nos conocíamos desde hacia tiempo.
-¿Cómo estás amigo mío? - me preguntó- ¿Vienes a ver a tu amigo?...
-Sí - le respondí - Tenía muchas ganas de verle.
Caminamos juntos unos pasos y mientras lo hacíamos me fue explicando de nuevo la historia de mi amigo Rafael. Siempre que nos veíamos él y yo, me repetía lo mismo.
-¿Sabes? - me dijo - su vida transcurre entre la celda de furiosos y este jardín. Yo no permito que salga a los demás patios. Temo mucho por él, no es un perturbado.
El Director bajó la voz y acercándose muy cerca de mí, me dijo.
-Mató a su mujer y yo le salvé del presidio. Yo pude hacer que lo declararan irresponsable - siguió diciendo - hemos sido amigos desde hace muchos años, estudiamos juntos, hicimos la carrera juntos y corrimos muchas juergas siempre muy unidos. Ahora me estoy ocupando de que recupere su libertad. Creo que me precipité cuando en su procesamiento lo defendí con tanto ahínco que hice que todo el mundo creyera que estaba loco. Ahora me da miedo, ya que en caso de que a mí me pudiera pasar algo, un accidente, o cualquier otra circunstancia, Rafael entraría en la ruta de los enfermos. Eso sería peor que el infierno para él.
Estas confesiones del Director me impactaron, ya que yo había asistido como testigo en el juicio que se le había hecho a Rafael y la verdad que recordarlo no me fue agradable. Fue el proceso más sonado de aquellos años. Provocó artículos de prensa, discusiones en varios círculos donde se reunían personalidades diversas, del mundo de la abogacía y de la medicina. Y tuvo mayor repercusión porque en aquellos momentos, Rafael León era uno de los más prestigiosos médicos de España, y acaso el que mayores simpatías inspiraba. Especializado en enfermedades de la infancia; había hecho curas milagrosas. La Sala de la Audiencia se llenaba diariamente de un público escogido en el que predominaba la mujer, y que se resistía a aceptar la idea de que un hombre todo ternura y humanidad pudiera, en su cabal juicio, cometer un crimen.
Durante el juicio, de pie junto al banquillo, había hecho un arbitrario relato del suceso. ¿Por qué? Decía su verdad irreal, tal como su memoria la reproducía. La fiebre que le llevó al funesto desenlace de su vida de matrimonio, nubló por breves momentos su mente. Los sentimientos que abrigaba y las imágenes que cruzaron por su memoria desde su noche nupcial, emprendieron veloz carrera, y llegaron algunos momentos de confusión. Su voz dulce y suave, amada por muchas mujeres, hilvanó los sucesos tal como ocurrieron.
Comenzó su relato ante el total silencio de la sala ante la expectativa de los asistentes. Dijo que no sabía cómo ni cuando había llegado a la habitación. Debía de estar mucho, mucho tiempo en ella. Casi le daba la impresión que había estado oculto en la densa oscuridad durante siglos. Nada podía explicar. ¿Dormía? ¿Estaba despierto o preso en una idea fija?.¿Estaba abstraído en el estudio de un incurable? Nada de esto sabía. Repentinamente su atención fue requerida con fuerza. Intentó explicar que sus ojos miraban sin ver al mismo tiempo que braceaba, de una manera rara. Ante él se había cruzado el brillo de un acero con un brillo siniestro como la de un relámpago en la noche. El silencio de la sala se podía cortar, un estremecimiento hizo que algunos de los presentes sintieran el frío de la muerte en sus entrañas. Había una gran tensión.
Rafael siguió con su relato, sin mirar a nadie, ausente, solo se oía el sonido de su voz y en un momento con voz estremecida por la emoción dijo.
-Muy cerca de mí, en el silencio de aquella oscura habitación, borboteó la sangre, cortando en la garganta de María el gemido angustioso - siguió diciendo - me levanté, me flaqueaban las piernas, sentía frío en la médula, como si el arma homicida que aun empuñaba en mi mano me estuviera arañando por dentro.
Unos sollozos empañaron su voz, gimió retorciéndose las manos y cesó de hablar durante unos segundos que para todos fueron siglos.
Su voz se quebró unos instantes y luego tratando de recuperar el ánimo, continuó su terrible relato.
-Mi mano se dirigió maquinalmente al interruptor de la luz y esta iluminó el lecho en donde yacía muerta mi esposa. Un gesto de horror se dibujó en mi cara, pude ver empapadas las sábanas de sangre, de la sangre de mi amada esposa, de mi María. El golpe con que le había arrancado la vida, había sido mortal de necesidad, solté el puñal que cayó con estrépito al suelo haciendo un espantoso ruido que me conmocionó. El puñal era mío, era el que yo tenía como pisapapeles encima de mi escritorio.
No pudo continuar relatando su crimen, se sentó de golpe en el banquillo mientras un espeso silencio cubría la sala. El Juez le preguntó a Rafael si deseaba que descansaran unos minutos, pero este le dijo que no. Deseaba acabar de contar todo lo sucedido y haciendo acopio de nuevas fuerzas, se levantó con movimientos vacilantes y siguió su relato con voz tenue.
-Quise gritar ¡Socorro!, Pero mi voz no sonó. La oí yo solamente como si retumbase en mi cabeza con ecos en la lejanía infinita. Quise moverme pero no pude hacerlo, estaba completamente paralizado y cuando pude hacerlo, me aproximé a la cama con gran temor y el respeto de un santo que se acercase al altar donde se hubiera consumado un sacrilegio. Dude un momento. Luego ¡Pobre de mí! Me arrojé sobre el cadáver de mi esposa, tomé con mis manos su cabeza y la besé en los labios, en la frente, en sus ojos que ya nunca más me volverían a mirar con tanto amor. Sentí la frialdad de su cuerpo inerte, sin vida. Me volví loco y...
No pudo seguir, sus sollozos estremecían su cuerpo y gran parte del público lloraba con él, no había consuelo para el dolor que flotaba en el ambiente de aquel recinto. Hasta el juez notaba que sus ojos estaban empañados en lágrimas y así pasaron varios minutos. Pero el juicio debía continuar y muy a su pesar, hizo sonar en su mesa el mazo para atraer la atención de todos y luego de unos instantes, cuando parecía que volvía la calma, se volvió a Rafael y de nuevo le preguntó.
-¿Desea que descansemos un poco?.
No obtuvo respuesta de aquel y entonces se dirigió a los abogados y les pregunto lo mismo pero estos, defensor y fiscal, se encogieron de hombros sin responder. Esperó unos momentos y viendo que Rafael se había recuperado, le preguntó.
-¿Podemos continuar? Y al asentir este con la cabeza, dio la indicación que de siguiera el proceso.
-Continúe dijo el juez.
Y Rafael siguió con su terrible historia.
-Fue inútil que yo buscase al asesino - siguió diciendo - No había posibilidad alguna de que hubiera podido escapar. Pude comprobar que las puertas y las ventanas estaban cerradas por dentro, lo revolví todo. No había nadie en la habitación, excepto yo y el cadáver de mi esposa. ¡Nadie! ¡Absolutamente nadie! El silencio parecía entrar en mi carne. Solamente yo. No cabía duda. ¿Cómo fue posible? ¿Porqué?...
Diciendo esto dejó caer pesadamente la cabeza y levantando los hombros, miró sin ver a nadie. Era una confesión ocasionada a las más encontradas interpretaciones. ¿Dónde estaba la verdad?...
Hubo que desalojar la sala porque el público pedía a voz en grito la absolución aun antes de que se expusieran las pruebas y sin oír al fiscal ni al defensor. Había sido él, que la quería con toda su alma, que tenía siempre ardor de adoración, que amaba el deseo santificándolo. Él que besó con frenesí el arca de su cuerpo al aparecer las señales de maternidad. El amor no es nunca para los otros, sino para uno mismo. Nos amamos amando. Los altos ejemplos de sacrificio son producto de la sugestión. La sugestión es todopoderosa. Arma de dos filos, puede servir para nosotros y para los demás. La sugestión tiene un filo de amor y otro de odio. Amamos y odiamos; es vieja la paridad. Destruimos lo odiado y parece que nos destruimos nosotros mismos. Generalmente, el arma está de perfil. Se ve solamente amor u odio, pero siempre un filo oculta al otro. ¡Terrible arma la sugestión!.
Maria estaba enferma. Un parto laborioso la llevó al borde de la muerte. Había apuntado sin desarrollarse graves complicaciones. Rafael la cuidó con manos de madre, prodigándole al mismo tiempo caricias de enamorado. Apenas si la dejaba durante dos horas que debía dedicar imprescindiblemente a su clínica. El resto del día y toda la noche lo pasaba en su habitación. No estaba para nadie. La orden era terminante.
Escuchaba incansable el sordo jadear de su esposa, no permitiendo que nadie se aproximase. Era él quién con mimo pronunciando palabras dulces como arrullos, la obligaba blandamente a tomarse cucharadas de alimento, dosis de calmantes y siempre estaba atento a sus deseos. Había en la estancia silencio de oquedad. Parecía que al pronunciarse una palabra se producía un sonido equivalente al del choque de una piedra con el agua de un pozo profundo. Un espíritu observador y moderno habría sabido hallar sensación de humedad y habría hecho ademán de secarse las salpicaduras.
-¿Estas bien, mi amor? ¿Qué te duele nena mía? Abrígate un poco cariño, Hace frío y te puedes constipar.
Era siempre el mismo tono de conversación. Se sentaba en el borde de la cama y le acariciaba los cabellos.
-¿Te aburres vida mía? ¿Quieres que te lea un poco? ¿A media voz? ¿Sí?.
Ella le miraba con dulzura. Él se llenaba de felicidad al verla complacida y, esforzándose por hacer grata su voz destemplada, leía una novela. Hasta que los ojos de la enferma se cerraban. Cambiaba entonces el libro de amenidad por una obra científica, y, retrepado en un cómodo sillón a los pies del lecho, se enfrascaba en el estudio. El mismo sillón le servía para dormir envuelto en una manta, pronto, no obstante el cansancio, a despertarse si el débil hilo de su garganta le reclamaba. Y así un día y otro, y otro.. Hasta cuarenta.
Maria ya estaba bien. Se levantaba para pasar las horas tibias en la terraza, defendida contra el viento por las vidrieras. Creía renacer. Desde el primer momento de peligro adoraba a Rafael. Nadie tan bueno como él. ¿Quién la hubiera cuidado con más desvelos? Por no haberle comprendido mucho antes, por no haberle pagado con amor, sentía una pena que la ahogaba. Se dijo: Lo sabrá todo. Después Dios dirá.
Y una tarde, cuando moría el sol, confesó su culpa.
-Rafael, es preciso que tengas fuerzas para escucharme. Yo no puedo callar un día más. Sepas, que no te merezco.
Y puso en estas palabras todo el dolor imaginable. Ante el rostro de su marido desencajado, lleno de asombro, de ansiedad y de angustia, solo pudo añadir, sacrificando su instinto maternal. Afortunadamente nació muerto. Se le agolparon las lágrimas hasta inundar sus pálidas mejillas, y sufrió, a consecuencia del esfuerzo, un desvanecimiento.
La perdonó. Estaba perdonada desde su eternidad anterior. Su gran corazón, su bondad magnífica de él no podía condenar. Miró en la mujer, un instinto sin responsabilidad, y más piadoso, halló la manera de acusarse a sí mismo de su pecado. Pero sus besos fueron en adelante demasiado puros. Tuvieron aliento de padre o de hermano que sellaba una protección. No habían vuelto a hablar más del asunto.
Maria, que había notado el cambio de Rafael, necesitaba más que nunca de aquel cariño apasionado de que en otro tiempo no tuvo codicia. Veía entre los dos una barrera infranqueable y no se atrevía a protestar. ¿Cómo podía ella pedir fiebre de amor? ¿No era bastante que había sido perdonada? Se encogía como un pobre gusano consciente de que se le dejaba en vida por lástima.
Un día no pudo más y suplicó.
-Rafael, me hiere esa actitud tuya.. Veo que no me quieres como antes. No lo merezco, es verdad, pero lo necesito para vivir. Si realmente el cariño que me das no es sino una limosna...
Él con sobresalto, le tomó fuertemente una mano, y preguntó
-¿¿Qué??...
-Que me mates, Rafael, me lo merezco. ¡Por caridad!.
Fue el suyo un abrazo desesperado. Sucedió en un instante. Lloraba sobre su frente: lloraban los dos. Las lágrimas reunidas parecían de los mismos ojos. Con el frenesí de su noche primera, la besaba en la cara, en los hombros desnudos, en los senos, más al poner los labios en los labios sintió una repentina repugnancia, se reprodujo la imagen de la traición, y un dolor punzante atravesó su cerebro. Quiso rechazarla y atraerla, la defendió aun contra sí mismo, contra el egoísmo ciego que le hacia olvidar su perdón. Creyó que un impulso brutal la arrancaba irremisiblemente de sus brazos y la sujetó con fuerza, atenazándola, cerrando los ojos y besando sus labios una vez y otra, hasta que la cabeza querida cayó exánime, mientras su boca tenía una roja floración de sangre. Se le escapaban las ideas. Concebía con excesiva rapidez. Era como un kaleidoscopio desenfrenado en que las figuras se convierten en una raya gris.
En la cárcel sollozaba como un niño.
-¡Maria! ¡Maria! ¡Vida mía!.
No se le pudo oír nada más.
Le visitó únicamente su amigo, el gran alienista doctor Mulet, que supo grabar en su memoria el relato fantástico que después vertió en su declaración. Fue el punto de partida para el dictamen de enajenación mental. No había herida, ni arma homicida. La confesión tenía un valor muy relativo que apoyaba la tesis médica. Y fue libre...
A los diez años de haberle recluido, el temor del doctor Mulet se realizó. De regreso de una excursión en automóvil, al pasar a velocidad imprudente sobre unos acantilados de la costa, recordó a Rafael, y más que su propia vida temió por el destino de la de su amigo. Su imagen apareció ante el radiador. Quiso esquivar con un hábil viraje y el coche se lanzó al abismo.
Bajo las marquesinas ruinosas de los patios, el doctor Mulet, fue un loco más.
Con los cabellos blancos, helada en los labios la sonrisa, Rafael volvió a la ciudad. Todo estaba cambiado. El vértigo de los años había trocado la faz del mundo. Vaga la memoria, incapaz de darse cuenta de todo, tuvo un amplio gesto de extrañeza. Se había descubierto como quien entra en una casa ajena, y llevaba el sombrero en la mano, sin atreverse a ponérselo. Recorrió durante el día entero, sin descansar un momento, casi todas las calles de Valencia. Al anochecer sin saber cómo, estaba nuevamente ante la puerta del Manicomio. Vaciló un momento. Después, con decisión, cómo quien ha encontrado un camino, se puso el sombrero y penetró en la gran casa, en su casa. No entraba. Salía. A su calle. A su mundo. ¡Arma piadosa la sugestión!...
Dostoievski
De entre las muchas obras maestras que F. M. Dostoievski dejó como legado a la literatura universal, quizá...
Crítica por: Solodelibros