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Cuento IV (II)

Esa misma noche la luna no había podido dormir como de costumbre sobre el pequeño estanque con sus estrellas que la acompañaban. Aquella noche una extraña niebla lo había cubierto todo y todo estaba como tamizado en sonidos acolchados y visiones llenas de extraños reflejos fantasmales. Unas mariposas nocturnas revoloteaban entre dos grandes troncos de árbol bajo la luz de la luna, y entre las sombras de las hojas las mariposas de alas plateadas se ocultaban y reaparecían, visiones sobrenaturales. Un vapor emergía de entre las hierbas. El silencio se rompía en ráfagas de viento. Todo parecía esperar, anhelando algo, algo fatal y terrible. La noche calla, cercada de sí misma, temblando aterida.
-ahora soy toda tuya, ya nada puede separarnos
-yo siempre tendré miedo
De la sombra que proyecta un gran árbol emerge, como una aparición, el rostro perturbado y lleno de miedo del hombre del caballo, del desconocido que había salvado a Natalia.
-no, ya no hay nada que temer, ahora estamos juntos
La voz de Natalia susurraba, entrecortada por silencios, por las caricias de la mano trémula de Nicolás, puesto que este era el nombre de quien la salvara.
-creo que hemos hecho algo terrible
-calla, por favor, calla
-no deja de atormentarme
¿por qué?
-sé que voy a morir, si pudieses comprender cuánto miedo hay en mi alma.
¿de qué?
-de algo vago, de nada, le tengo miedo a nada, a mi mano, a tus ojos, escucha, ¿oyes?
-¡ámame!
-¿no has oído nada?
-¡ámame!
-no oyes nada, no me haces caso, yo no te importo, ¿qué buscas aquí tirada, desnuda? Vulgar, ramera, sucia ( llora) tan hermosa ( se besan)
Las hebras del cabello se empapan de luna y de agua esparcidas sobre la hierba. La mano de Nicolás se demora en el tacto suave y el sabor inflamado de la piel de Natalia, tan brillante como la superficie pulida de plata intacta, recién salida de su sopor mineral. Y los labios se abaten en el contacto y se demoran sorbiendo sus redondeces húmedas y sedientas. Se siente el calor de la tierra susurrando en los costados que giran unos sobre otros en al tierra núbil. Ahora el chasquido y los dedos entrelazados. Toda una vida cabe en los suspiros que alumbran un éxtasis mortuorio.
-déjame, déjame, no , te lo suplico, ahora desearía llorar
Nicolás se cubre los ojos con las manos y siente el frío que emana del filo seductor de su vientre, intacto bajo el halo lunar.
-pequeño corazón, eres como un niño
-¿qué buscas ahora?
-tu boca, qué sino, tu boca, deja de temer y ama
Manos que se defienden del rostro felino de Natalia, que busca devorar las entrañas: -te podría mecer entre mis manos
La sonrisa salvaje y provocadora de Natalia despierta aún más miedo en Nicolás, que como en una pesadilla, siente irreales los movimientos de sus brazos, tan lentos, pesados, siente cómo arde la cara de Natalia, que con todas sus fuerzas trata de alejar de sí. Algo arde en ella, se abalanza sobre él, cada vez más pesada, se apoya en su pecho y oye crujir sus huesos; en un reflejo de la luna, ve a Natalia, parece que se le afilasen los dientes, que sus rostro se cubriese de pelo, y un hocico despuntara donde antes estaba su bella nariz. Y algo parecido a un ronroneo voluptuoso y terrible tiembla en su garganta, y Natalia apenas lo puede contener con sus manos.
-creo que me duele la cabeza, siento que me estoy mareando, me ahogo, necesito respirar. Aparta a Natalia de un golpe y se incorpora a medias sobre su codo derecho: -qué me está pasando, no consigo pensar con claridad, Natalia, qué me estás haciendo. Trata de incorporarse sin conseguirlo, se siente pesado, los músculos fríos y cansados. –Es como si supiese que me voy a rendir a algo, pero no sé que es. No tengo fuerza, no entiendo por qué tengo miedo y esta angustia... ¡Natalia!
-¿qué?
-¿sigues ahí?
-claro, amor mío
Nicolás ríe despectivo: -ni siquiera te crees lo que te dices. Se vuelve a tumbar de espaldas, con la mano que deja caer sobre la hierba busca el cuerpo de Natalia. -¿Dónde estás? (Ríe). -¿nunca lejos, eh? (ríe como un loco). -¿qué has hecho de mí, Natalia? Yo no debería estar aquí, sé que me arrepentiré, algún día, cuando...
-sólo sabes quejarte
-ya no Natalia, ya no, no dudo, ni me quejo, mi Natalia
-me alegro, resultabas molesto
-sí, Natalia, sé lo que quiero, sé lo que quiero
-debes quererme a mí.
-amo tus garras que me despedazarán y tu boca que huele a sangre.
-lo haré, lo haré, que no te quepa duda si se te ocurre volver a hablarme así
-perdóname
-no te he oído, habla más alto, no te oigo
-“tengo ganas de llorar, tengo miedo, me voy a morir”
-no te oigo, no te oigo, no te oigo
-no puedo más,( grita y llora), me rindo, creo que he perdido la razón, estoy loco
-ya es hora de callar, Nicolás
-sí
Nicolás la mira como un niño asustado, la mira como a su madre que le salva de una pesadilla diciéndole que todo era falso, que los sueños se desgarran con el despertar.
-bésame
-¿cómo?
-bésame ahora mismo
Nicolás coloca su boca sobre uno de sus bellos pechos. Con los ojos muy abiertos y mirada distraída permanece en esa posición. Poco a poco va lamiendo y besando, con miedo, temblando
-muy bien, sigue Nicolás
Lleno de estupor obedece y calla, con la boca moviéndose alrededor de la carne. Natalia apoya la cabeza sobre la hierba y mira hacia otro lado riendo con un dedo entre los dientes.


Esa noche el viento trajo terribles nubes que se montaban unas sobre otras como olas infinitas o peldaños cerrándose sobre abismos en los que a veces algunas estrellas perdidas tímidamente se escurrían o la luz de la luna recorría chorreando las gradas.
Una enorme tormenta rugía a lo lejos, se aproximaba bramando y amenazaba con su furioso golpe contra la tierra en ráfagas de lluvia y viento. El rugido se hacía cada vez más imperioso y el galopar se excitaba a sí mismo devorando la distancia, apresando con furor la lejanía, alimentándose de esperanza según crecía y se aproximaba con ojos horribles, encendidos en un horizonte de relámpagos, encorvados y retorcidos como venas en una sien desnuda, en un cráneo atravesado por el agujero de un golpe.
Por las calles de la ciudad, a la luz de las velas que portan dos largas columnas de hombres, se ilumina la noche, en la fiesta del rey loco se lleva en andas un trono de madera adornado con pan de oro, sobre el que descansa un hombre vestido de armiño, seda y terciopelo, con el rostro cubierto por una máscara en forma de gran pico de ave. Aderezado con cintas de colores, el báculo que sostiene firme en la mano representa un globo, como un mundo sobre el que brilla el filo de oro de su gran pico curvado que refleja las luces de las antorchas y velas que lo secundan.
De entre la multitud, algunas personas lanzan pétalos de rosa secos junto con hojas también secas y ramas retorcidas, se amontonan sobre el suelo en el que crujen las pezuñas de los caballos que lenta e imperceptiblemente tiran del carro en el que se asienta el rey loco. Tradición antigua, recuerdo de un personaje fabuloso, mitad hombre, mitad pájaro, que un día recorriera los caminos haciendo y deshaciendo hechizos sobre animales, plantíos, hombres y sobre toda la tierra. Sanador místico e hipnótico, raptador, violador de mujeres, niñas, hembras de toda clase y condición. Murió apedreado, quemado, destripado, sus miembros desgarrados, descuartizados, desmembrado, desvirgado, pisoteado y sepultado bajo una montaña de rocas y excrementos entre los que hicieron guarida hormigas y serpientes.
Aquella noche, preparado el patíbulo para la efigie en la que se expurgaría el sufrimiento de toda la población, el hombre que representaba al mayestático pájaro, pronto a su consumación, no se dio cuenta de que entre aquellos vecinos que atestaban las estrechas calles por entre las que pasaba la procesión, una madre se dirigía a su hijo, la señora Marthe amonestaba a su hijo Gutt.
-¿por qué no esperas hasta que vuelva tu padre?
-eso podría ser demasiado tarde, él casi nunca está en casa, puede que... necesito hacerlo ahora, cuanto antes
-que jóvenes sois y qué prisa tenéis, me hubiese hecho ilusión que también estuviese tu padre, pero yo no soy como él, tengo muchas debilidades y no puedo decirte que no.
-sé que en cuanto estemos casados algo cambiará en mi interior, ya nada será igual y mi vida cambiará como por arte de magia, luego haremos todas las formalidades, te lo prometo.
-supongo que tienes razón, supongo...
-madre, no nos hace falta aparentar nada, hacer ver que tenemos lo que no tenemos, tan sólo es importante una cosa para mí y es que por primer vez en mi vida sé lo que quiero, deseo a una mujer, quiero casarme. Compartir una vida. Todo en mí ha cambiado, ya no me importan las cosas que antes me importaban. Y quiero vivir, siento la necesidad de seguir respirando para darle todos mis días a alguien. Todo ha cambiado tanto, como antes, que tenía ganas de morir. Lamento todos los sufrimientos que habéis tenido que sufrir por mí, lo siento...
-quién se acuerda de eso, ahora no es momento de hablar de esas cosas.
-en algunos momentos la vida se nos hace insoportable
-yo ya casi no me acuerdo de nada
-yo me acuerdo de demasiadas cosas y todas horribles
-suelo pensar que tú no eras entonces tú mismo
-sí lo era y no lo era, pero ahora sé que aquellos días están perdidos y nadie los puede recuperar, así que pensaré que no existieron, aunque sólo pensar en ello me haga hacer temblar, y yo...
El joven Gutt tomó la mano de su madre y la besó, luego besó su rostro y luego la besó en más lugares, escondidos, reales o soñados en la memoria.
-qué poco conozco a tu novia
-yo la amo porque siempre sabe cómo hacerte ver que nada en la vida importa menos la dicha de vivir para hacerla feliz. Cuando más triste me encontraba, cuando había decidido matarme, cuando sabía que sólo existía una forma lenta de tortura que cada día se renovaba sin fin, sin la esperanza de que terminase alguna vez, pensé en matarme, pero la muerte me daba tanto miedo como la vida y sólo conseguía que aquella vida de tortura se continuase a sí misma. Yo estaba sentado en el mercado, miraba la carretera, , me acuerdo que miraba fascinado el reflejo del sol en un cubo de agua, pero sin saber por qué tuve que levantar la vista, algo me decía que tenía que hacerlo, y la vi a ella, delante de mí, mirándome, con los ojos llenos de algo suave, y una sonrisa que fue creciendo poco a poco hasta iluminar el universo. Desde entonces la amé. Ha sido la única persona que me ha mirado así. Algo se rompió dentro de mí, una parte se me cayó y otra empezó a lucir. Desde entonces no cesa.
Aún vibraba en su boca como el eco de la sonrisa con la que había estado hablando. Sin embargo hacia el final, su voz se había ido ensordeciendo, como si una fina melancolía se hubiese ido filtrando. Parecía como si Gutt oscilase siempre entre estados opuestos en su alma.
-todo saldrá bien hijo
-todo, todo
La tormenta había seguido acercándose, pero como si la gente no se diese cuenta, la fiesta continuaba en su mayor esplendor, inconscientes, locos de alegría. Unas enormes copas de vino habían empezado a circular por entre la gente pasándoselas de mano en mano, entrelazando los dedos y cantando, acercándose, rozándose con los labios y las mejillas. Una felicidad insana estallaba en el rostro de cada uno. La locura, el desenfreno se adueñaban e todos. Risas sin ningún sentido se confundían con rostros de animales. Las puertas abiertas, los balcones atestados, alguno había que iba desnudo. Las copas seguían pasando, algunas se rompían contra el suelo.
-hijo, ¿ves a aquella mujer?
-¿cuál, madre?
-aquella de allí. La señora Marthe señala a una mujer que pasaba entonces junto a un portal de una casa. Llevaba una máscara blanca y un vestido azul con un cinturón rojo. Caminaba de prisa, como queriendo pasar lo antes posible, parecía tener miedo de alguien y quizá esa fuese la razón de que llevase puesta la máscara.
-¿quién es?
-no, nadie, es una mujer que conocí en otro tiempo.
Gutt creyó ver algo parecido a la inquietud en el rostro de su madre.
-Gutt, hijo, qué ha pasado con tu hermana, creo va a venir un día de estos
-hace poco recibí una carta, me decía que ya no estaba con ese hombre, ¿cómo se llamaba?
-Klaus
-sí, ese mismo
-hace mucho tiempo que no hablo con ella
La señora Marthe seguía mirando a la mujer de la máscara. Cada vez mostraba más inquietud su rostro, casi se había convertido en miedo.
-hijo, ven hijo
-¿qué pasa madre?
-creo que no me encuentro bien, llévame a casa por favor.
-¿te mareas, necesitas aire?
-llévame a casa
La señora Marthe hablaba casi desfalleciendo, las últimas palabras salieron de su boca en un murmullo apenas. Cuando se hubieron alejado la señora Marthe se volvió y miró hacia la muchedumbre, como si buscase algo.
-está bien, déjalo, creo que puedo ir sola a casa, tú quédate, tienes que esperarla.
-estás segura, ¿no quieres que te acompañe?
-sabes lo que tienes que hacer, eres joven aprovecha tu tiempo, me alegra pensar que vendrá alguien más a nuestra casa, que ya no estaremos tan solos, desde que se fueron...
-debería acompañarte, no me fío, hay tanta gente.
-no, te digo, quiero estar sola. Tú quédate a esperarla, estoy impaciente por verla
-madre, la veo preocupada, qué te inquieta
-te digo que no es nada, no sé por qué tienes que darle más importancia a lo que no la tiene
-mira como si estuviese buscando a alguien,¿es ella? La ha visto, ya tendría que haber llegado
-¡no!, no ha venido nadie, me voy, tengo que preparar la cena, lo he dejado todo encima de la mesa y me llevará mucho tiempo ponerlo todo en orden
Gutt ríe complacido y feliz, la señor Marthe parece aliviada,como si se hubier quietado un peso de encima:-dime una cosa, hijo, dime que todo está bien
-¿qué tiene que estar bien madre?
La señora Marthe ríe feliz y caprichosa: -todo, que eres muy guapo y que tu novia te está esperando y que llegaréis para cenar
-sí
-me voy, tengo muchas cosas que hacer
Gutt le da un beso a su madre, pero no puede aliviarse de la sensación de que algo extraño va a ocurrir, de que algo que no tiene que pasar va a pasar, de que algo desentona de la gracia con que su madre baja los peldaños de una escalera de piedra que lleva a una fuente en donde una farola de gas se refleja en la quietud del calor de la noche en el agua estancada, contenida en una concha de piedra, desplazada por el chorro en un rumor secreto.


La tormenta había empezado a rugir, las nubes condensadas cada vez más unas sobre otras comenzaron a henchirse alrededor de rayos de costados afilados que serpenteaban salvajes. Ya caía la lluvia, espesa, oscura, con un extraño olor que no se podía identificar. Sin embargo la fiesta continuaba tal y como había empezado. La procesión, seguida de todo el pueblo, salía ahora a las afueras y pasaba junto a la colonia de prostitutas, obligadas a vivir fuera de la ciudad, con todos sus hijos.
Sobre los peldaños de una grada se derramaban sus cuerpos cuajados de joyas, ceñidas a sus brazos serpenteando, alrededor del cuello, golpeaban a cada movimiento contra las curvas de sus senos blancos, negros, colgaban de sus orejas o de su cabeza. Se sobreponían unas junto a otras y sus rostros empolvados y pintados se entremezclaban de tal manera que parecían las figuras soberbias y excesivas que se desbocan y cuelgan de las cornisas de templos donde los dioses se sientan en asamblea pintarrajeados, se mecen, se acarician, cuchichean, con ojos de perfil, mirada oblicua, los párpados entornados con malicia y placer, las delicadas manos de afiladas uñas tras la oreja que reposa en la palma suave.
Sobre ellas se alza el cuerpo enorme y la cabeza terminada en cuernos de un gigantesco toro recubierto de lamé y lentejuelas. Delante de las llamas de cientos de antorchas que cubrían el soto, el mágico resplandor del toro coronaba las cabezas y los miembros entrelazados perezosamente, blandamente, de las mujeres acostadas en peldaños, colgadas de las aristas.
Las ráfagas empezaban a golpear contra las casas de las afueras.
-cierra la ventana, va a empezar a llover y entrará el agua
-déjame en paz, ¿por qué no te levantas tú?
-a veces quisiera que me amases un poco
-nadie podría amarte
-lo sé
Aunque en realidad el agua había empezado a entrar por la ventana, el hombre dormitaba y la mujer lloraba y quisiera que el agua hiciese crecer en sus pies algas que la cubriesen toda entera y que un árbol creciese alrededor de ella en donde anidasen pájaros de voz luminosa.


Gutt estaba ahora escondido detrás de dos grandes hombres que casi lo ocultaban. Había creído distinguir al otro lado de la calle a su prometida. La gracia de sus movimientos le hicieron sonreír. Se había escondido, como jugando, detrás de un pilar, a veces actuaba de forma un tanto extraña, pero para él resultaba siempre encantadora. Allí se encontró con otro hombre. Sin saber por qué algo había empezado a sangrar en el corazón de Gutt y sonreía ante su amada con una sonrisa nublada. Luego vio cómo se besaban. Ella lo miraba con miedo y muy nerviosa. Parecía una niña ruborizada. Movía los ojos con rapidez, desviaba la vista, la bajaba al suelo, no se atrevía a mirar resuelta, se pasaba la mano por el pelo... y Gutt no podía respirar, la mano apoyada en la pared se desplomaba hasta quedar de rodillas sobre el suelo.


En el bosque Natalia y Nicolás se habían dormido. Alguien los estaba observando. Se trataba del extraño que los había seguido desde la casa de la señora Rottengaard. Escondido tras un árbol los había contemplado a la luz de la luna.
-“¿qué es esto señor?, no debo permitir que este hombre toque ese cuerpo tan puro, ese demonio de piel sulfurosa, ese canalla, debo salvar la pureza, de esas cejas, de esa frente, es una niña, sólo una niña, tan perfecta como su madre.” No pudo reprimir un acceso de ternura al ver las pequeñas y rosadas muñecas de Natalia, y se tapó los ojos con las manos. “Ese cuerpo no es tuyo, es mío, mío, mío”


De la habitación del cuarto en que dormía el señor Dubois, sale una luz muy tenue. La señora Divert que ha estado en la procesión se acerca y llama. Nadie responde. Luego se oyen unas pisadas y el cerrojo se descorre. En la rendija que va agrandándose aparece el rostro lívido del señor Dubois.
-Qué mala cara tiene, señor Dubois
El señor Dubois se aleja despacio de la puerta que se va abriendo cada vez más hasta que todo el cuerpo del señor Dubois aparece a la vista.
-parece que ha visto un fantasma
-¿de qué color tengo los labios?
-¿cómo dice?
-¿son azules?
-no, son... como los de todo el mundo
-mentira, son azules
El señor Dubois se lleva la mano a la cara y se palpa la frente. La señora Divert realmente empezaba a tener miedo. Sin embargo logró serenarse y se acercó al señor Dubois. Parecía como si quisiera abrazarle. Aproximó sus labios a las mejillas secas y olorosas del anciano. Pensaba que él también estaba sintiendo lo mismo que ella, en aquel momento. Le temblaban los ojos. Sí, ahora lo sabía él también estaba sintiendo lo mismo: -sabía que tú también... lo he notado desde hace mucho, te tengo miedo, me haces temblar, me fascinas, nunca hubiese sido tan osada, pero todo mi amor, soy muy sensible, todo es para ti, todo.
Cómo la pobre señora Divert podría haber pensado que todo el apasionado amor que sentía por aquel hombre desde hacía tanto tiempo pudiese provocar la reacción que provocó. Con ojos de loco empezó a reír a carcajadas. La señora Divert sentía una angustia incontenible que le hacía contraer el rostro en una expresión un tanto ridícula.
De repente el señor Dubois asió su muñeca con fuerza , la arrastró hasta una puerta que abrió de golpe, la condujo escaleras abajo, arrastrándola. En el sótano había unas enormes tinajas de barro llenas de vino. Para subir a ellas había que utilizar unas escaleras. Encendió un farol, agarrando con la otra mano todavía a la pobre señor Divert. La obligó a subir con él hasta el borde del gigantesco recipiente. El señor Dubois la miró con una fijeza terrorífica: -qué estúpida es usted, qué demonios me importa a mí su amor, la desprecio, mire, mire
La obligó a inclinarse sobre el vino y, alumbrada por el farol, se podía ver flotando, con los cabellos empapados, el rostro de la hija del señor Dubois, muerta, con los ojos desorbitadamente abiertos y la lengua fuera, ahogada.
La señora Divert empezó a gritar, salió corriendo, salió de la casa y sus gritos desgarradores se perdieron entre la muchedumbre. El señor Dubois hundió su rostro entre las manos, apoyando los codos en el borde de la gran tinaja. Empezó a llorar...
Al final la vela se extinguió dentro del farol.


En el bosque Natalia se había acercado a la orilla del mar y de rodillas se lavaba con agua espumosa en la concha que formaban sus dos manos, trataba de quitarse el olor enredado entre los pelos, las ingles, la piel rugosa, plegada, oscura. Detrás de ella se oyen unos pasos. Cuando se da la vuelta ve a Nicolás retorciéndose bajo el cuerpo de un extraño. Nicolás se debatía, mientras aquel hombre apretaba cada vez con mayor fuerza con sus manos, trataba de ahogarlo. Nicolás ya no se movía, no respiraba. Aquel hombre se dio la vuelta y la miró. –ahora eres libre, ven conmigo
Por primera vez en mucho tiempo Natalia tuvo miedo, sin saber por qué se acordó de su madre. Aquel hombre se acercaba.
-¿qué quiere de mí?
-ayudarte Natalia
Se acercaba despacio, como si tuviese miedo de asustarla.
-¿cómo sabe mi nombre?
-tú madre te está esperando, te estamos esperando
-¡mi madre!
-¡Natalia!
Aquel grito la hizo estremecerse.
-ven conmigo Natalia
-¿conoce usted a mi madre?
Él se reía
-aunque tenga que llevarte a la fuerza...
Sus ojos ardían recorriendo la desnudez del cuerpo de la muchacha.
-¿qué ha hecho con él?
-lo he matado
Puso cara de ingenuo, como si quisiera fingir burlonamente que no era consciente de haber cometido un crimen
-¿está muerto?
Aquella ingenua pregunta parecía exasperar al hombre.
-lo merecía, te he salvado, ahora ven
-no lo comprendo
-no voy a perder más tiempo contigo, te he salvado de un criminal
-él me dijo que me amaba, que no se podría separar de mí mi nunca. Qué muerto parece, no es como estaba antes, está muy cambiado.
-ven con tu madre y conmigo.
-escapé de mi madre
-ven con nosotros
-Nicolás, pobre, le tenía miedo a morir, ¿puedo preguntarle si ahora la teme? Ahora quizá la vea con otros ojos. ¿Puedo?
Natalia se acercó a la orilla, introdujo los pies en el agua, que pronto le llegó a la rodilla, el hombre la seguí pero no se atrevió a meterse en el mar.
-¿qué hacer Natalia?
-me voy


La tormenta descargaba con furia contra la ciudad, batiendo las casas, vaciando las calles, cerrando puertas y ventanas. La gente corre a refugiarse a sus casas. Afuera las prostitutas bajo la luz de los relámpagos se refugian en la primera casa que encuentran. El gran toro resplandeciente cae de su pedestal y se desliza por una pendiente hasta el mar donde flota arrastrado por el viento.


El hombre que persigue a Natalia no puede impedir que ésta se sumerja en el agua. Cuando está a punto de ahogarse, bajo las aguas, su brazo se yergue y toca algo duro a lo que se agarra con ambas manos sin saber lo que es. Trepa y llega hasta una colina de oro a ambos costados de la cual tiende sus piernas. Se da cuenta de que es un gran toro, no puede reprimir la fascinación que le producen las brillantes astas que desgarran las tinieblas por delante de ella. Se aleja llevada por el viento, errante, asustada, chupándose el pulgar, mira con ojos de terror por encima de su hombro al extraño que se queda en la orilla gritando.

 

crítica literaria

Fresy Cool

Antonio J. Rodríguez

La verborrea completamente libre de prejuicios, presiones y premios de la nueva juventud literaria española (y... 

Crítica por: Notodo

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