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Cuento de fallas

 

Érase un joven valenciano, Tonet, que amaba sobre todas las cosas las fiestas de San José. Siempre había deseado ser fallero y cuando tuvo una edad, muy temprana por cierto, de 8 años, logró que su deseo se cumpliera. Fue fallero de la falla de su calle en Monteolivete y se sintió orgulloso de poder desfilar con sus otros compañeros por las calles del barrio y de Valencia, ya que también participó en la ofrenda de flores. Y había que verlo desfilar con paso marcial y cuando algún grupo de gente les aplaudía, él alzaba su carita con gran orgullo.
Fue pasando el tiempo y su orgullo de ser valenciano, le reclamaba algo más que ser fallero, sentía dentro de su corazón que algo le faltaba y cuando contaba 17 años, leyendo un día una revista de fallas pudo ver un anuncio que solicitaba ayudantes para la Ciudad Fallera, el lugar en donde emergen las futuras fallas, donde los artistas falleros imaginan en papel lo que un día será un monumento con una historia, con figuras, con leyendas y en ese momento, en ese preciso momento, Tonet supo que ese era su destino, ser Artista Fallero.
Consultándolo con sus padres a estos les pareció buena la idea y le animaron a que fuera para conseguir una plaza de ayudante y así lo hizo. Esa misma mañana cogió el tranvía y se dirigió envuelto en sus sueños de futuro artista e imaginó no una, sino muchas ideas para hacer una falla. Cuando llegó a la Ciudad Fallera, con gran decisión encaminó sus pasos a las oficinas, se presentó y con voz un poco temblorosa dijo:
-Vengo a por la plaza de ayudante.
Al señor que lo atendió, le agradó la cara y el aspecto decidido del muchacho y cuando le preguntó cuantos años tenía, este respondió con voz firme, ¡tengo 17 años! Y diciendo esto hinchó el pecho e intento crecer unos cms levantando sus pies de puntillas.
Viendo su actitud tan decidida, riendo le dijo,
-¡Bien, hombre, bien!, Eres bienvenido a esta fábrica de sueños.
Tonet, sonriendo y feliz por la aceptación de su oferta, descansó tranquilo y esperó a que le dijera lo que tenía que hacer. El hombre que lo estaba atendiendo, que se llamaba Cortina, le dijo que le acompañara y el muchacho todo emocionado se puso a su lado y acompasó sus pasos a los de su acompañante. Aquel hombre parecía no tener prisa y la impaciencia de Tonet iba creciendo, paso a paso se fueron acercando a uno de los laterales y cuando llegaron pudieron ver a un grupo de unos 14 jóvenes que estaban al lado de un señor mayor, atendiendo sus explicaciones. Una vez llegaron junto al grupo, Cortina presentó a Tonet al profesor Caballer y a los demás muchachos y sin más preámbulos se retiró.
No hubo mucha conversación, el profesor indicó con una señal que se acercara a los demás y continuó con sus explicaciones. Estaba planteando sobre papel, los principios de lo que es realmente una falla, madera, papel, trapos, cera y mucha imaginación. De vez en cuando preguntaba si tenían alguna sugerencia, y cuando alguno de los asistentes hacía alguna, algunas veces la rebatía o felicitaba por la idea, cosa que llenaba de orgullo a quien la había hecho. Y así fue pasando la mañana y parte de la tarde.
Tonet estaba un poco desencantado pensando que estaba perdiendo el tiempo y cuando llegó a su casa relató a sus padres que es lo que había hecho durante el tiempo que había estado en la Ciudad Fallera. Y expresó su descontento, ya que pensaba que ese mismo día iba a preparar una falla. Su padre, comprensivo por la impaciencia de su hijo, trató de explicarle que antes de meterse de lleno en aquel mundo, primero tenía que aprender todo cuanto pudiera de ese galimatías que son las fallas.
-¿Qué has aprendido? Le preguntó su padre.
Bueno, algo si he aprendido- respondió Tonet- Que las fallas están hechas de papel, madera, ropa, cera y pintura.
- Bueno algo es algo- contestó el padre- por lo menos ese principio base ya lo tienes claro. Ahora solo te falta saber que hacer con esos materiales y quiero decirte- siguió- que no es una empresa fácil. No todas las ideas son buenas o efectivas de plasmar en esos maravillosos monumentos. Así que debes aplicarte y aprender de todo y de todos.
El muchacho no quedó muy convencido de momento, pero a medida que fue pasando el tiempo, se percató que tenía mucho, muchísimo que aprender y lo primero que aprendió fue a barrer, limpiar el polvo, serrar madera, llevar de aquí para allá trastos, cartones, figuras rotas y sacar punta a los lápices de los maestros. Más de una bronca recibió cuando lo veían remolonear por allí sin hacer nada y esto lo fue curtiendo cada día más.
Había uno de los profesores, el señor Brú, que lo acogió con simpatía viendo lo despierto que era, lo bien que atendía sus explicaciones y desarrollaba sus ideas. Se hicieron muy buenos amigos y un día Brú le preguntó a Tonet,
-¿Cuál es tu idea de una falla? ¿Cómo te imaginas una idea que solo está en tu cerebro?.
Este sin dudarlo le respondió que para él, era fácil describir el mensaje que debía expresar una falla. Debía respetar la imagen de los demás, hacer sátira sin ofender, tener gracia y que esta debía ser entendida por el público, hacer que los espectadores sintieran alegría y felicidad, viendo que las figuras que estaban delante de sus ojos, correspondían a sus propias críticas. Brú asentía a cada momento por las sinceras y medidas palabras de su ayudante. Lo felicitó por todo cuanto había expresado y le animó a que siguiera con esas buenas ideas, ya que tenía madera de poder llegar a ser un futuro proyectista de fallas.
Siguió pasando algún tiempo y un día le dijo Brú;
-¿Te atreves a preparar un proyecto para una falla?.
-Claro que si- respondió Tonet.
-¡Pues hazlo! Tengo el encargo de presentar una para el Mercado de Ruzafa. Debes preparar cuanto antes un boceto.
-Conforme - respondió el muchacho.
Y sin más se puso manos a la obra y en unos días acabó de esbozar lo que sería una falla. Cuando se lo presentó a Brú, este quedó entusiasmado y lo felicitó. Poco es lo que tuvo el maestro que corregir, prácticamente era un proyecto muy prometedor.
-¿Cuál es el tema? Pregunto Brú.
-Se trata del rapto de las Sabinas y una de ellas en especial es sumamente bella y ansiada por los más esforzados caballeros- contestó Tonet- ¡Espero que le guste!.
-¡Claro que sí! Me gusta mucho y pienso que será una buena falla. Vamos a ponernos manos a la obra de inmediato, urgió.
Y a partir de aquel momento en el espacio que les correspondía comenzó un frenético movimiento, maderas, moldes, cartón, pegamento, pinturas y ceras. Estas para moldear los rostros de las figuras de la falla. Brú pretendía que sus figuras tuvieran la patina de muchos años atrás, nada de cabezas de cartón pintado, él quería rostros de cera bien formados y con expresiones naturales, pelo sintético, pero parecido al natural, ojos de vidrio, pero que podían expresar en sus miradas algo normal, no ojos pintados. Inclusive las cabezas de todas las figuras debían tener pestañas y las mujeres sus caras coloreadas con pinturas naturales.
El entusiasmo era enorme, sobre todo en Tonet, que veía que su sueño se estaba convirtiendo en realidad. Se le estaba considerando un artista fallero y quiso corresponder a la confianza que en él había depositado el señor Brú. Se le encargó que él mismo hiciera la figura de la Sabina, eje de la falla. Y en ello puso todo el empeño. Hizo varios moldes, desechó muchos, casi todos y era por que en su mente tenía trazado el rostro de lo que iba a ser su musa. Y luego de ir moldeando rostros y más rostros, llegó al punto de haber hecho uno, el más bello, el más perfecto y una vez casi lo tenía terminado, se lo presentó a su maestro.
-¿Qué le parece el rostro de mi Sabina?- preguntó.
-¡Es perfecto! Fue la respuesta.
Y lo que le extrañó a Tonet, fue la sonrisa de Brú, entre burlona y misteriosa, aunque no quiso averiguar él por qué. Siguió con su tarea de rematar bien el rostro de su Sabina. Y cada día lo encontraba mucho más perfecto. Era de verdad muy hermoso, de líneas perfectas en todos los sentidos, una linda naricita, unos labios bien contorneados que parecían pedir besos. Asomaban unos dientes blancos de forma que aquella medio sonrisa daba la impresión de que quería hablar la preciosa boquita.
Tonet dedicaba mucho tiempo a perfeccionar su obra. Se esmeró en buscar el tipo de pelo que podía ir con el rostro, y lo encontró, era sedoso, brillante y de una largura extraordinaria. Le colocó unas largas y sedosas pestañas, que darían sombra a lo que serían los ojos. ¡Y los ojos!. Que belleza de ojos de un verde cristalino, cuando los colocó en las cuencas vacías, la expresión de ellos estaba fija en Tonet. Tanto fue así que a él le hizo estremecer aquella mirada, estaba mirándole fijamente y con la expresión medio burlona de su sonrisa, lo cautivó de tal manera, que sin poderlo evitar depositó un beso en la boca.
Muy emocionado se apartó y dirigiéndose al despacho de Brú le dijo que se acercara a ver su obra. Cuando este llegó donde Tonet tenía puesta la linda cabecita y vio aquel bello rostro, de nuevo una sonrisa entre medio burlona y satisfecha, se dibujó en su rostro y palmeó la espalda de Tonet, dando con ello muestras de su satisfacción.
Cuando el maestro se retiraba a su oficina, Tonet pudo oír unas risitas extrañas de este, y aquello le iba intrigando cada vez más, pero no quiso preguntar nada y siguió con su tarea. A su departamento fueron llegando algunos de sus compañeros y todos ellos quedaban extasiados viendo aquella cara tan perfecta, incluso se podía notar la envidiosa mirada de alguno, aunque Tonet no hizo ningún caso, lo que sí hizo fue llamar la atención de alguno que adelantaba su mano para tocar el rostro de su Sabina. Él continuó su trabajo de ir rematando su faena, y una vez acabado el rostro, tuvo buen cuidado de guardarlo bajo llave, con el fin de que nadie pudiera dañarlo.
Ahora sus esfuerzos se dedicaron exclusivamente a moldear unas manos y tuvo mucho empeño en que parecieran reales. Unos dedos largos bien trazados con uñas largas de nácar incrustadas en ellos, hasta podían verse las azules venas traslúcidas en el dorso de aquellas manos. Tonet las acariciaba amorosamente e incluso las pasaba una y otra vez por su cara, le parecía notar el tibio calor de un cuerpo vivo y esto le daba una sensación de saborear algo muy suyo, algo que no quería compartir.
Fueron pasando los días, las semanas y casi todas las figuras ya estaban listas. El andamio donde se iba a sustentar todo el monumento estaba tomando forma, cada cosa tenía señalado un punto determinado y en el ánimo de Tonet estaba que el momento en que su Sabina debiera estar colocada en la falla no llegara nunca, tanta era la pasión que estaba sintiendo por su criatura de cera.
Pasaba mucho tiempo en el taller no queriendo separarse de su Sabina y todo eran retoques y más retoques, para él, nunca era lo bastante perfecta. Hasta su maestro el señor Brú le llamó varias veces la atención, requiriéndole para que se fuera a su casa.
-¡Debes descansar Tonet! No lo tomes tan a pecho, sólo es una figura de cera y como todas las demás ya sabes cual es su fin.
-Ya lo sé, maestro – ya lo sé. ¡Pero es que es tan bella!..
-Debes irte a casa y descansar, se esta acercando la fecha de la plantá y debes hacerte el ánimo- volvió a decir el señor Brú.
Y Tonet le hizo caso, pero no podía apartar de su pensamiento la bella figura de su Marieta, así la llamaba él con todo amor ¡Su Marieta!. Y en algún momento recordaba las risitas burlonas de su maestro ¿A qué eran debido?.. Le tenían muy intrigado y le daba reparo en preguntarle, aunque uno de los días se hizo el ánimo y se lo preguntó.
-¡Maestro! ¿Quisiera saber el motivo de esas risitas misteriosas suyas que de vez en cuando le oigo y pienso que es por algo que yo he hecho mal y no me quiere decir? ¿Es así?.
-¡No, Tonet, no! Puedo decirte que estoy muy satisfecho con tu trabajo y que tal como te dije hace tiempo, tienes madera para ser un buen artista fallero y tendrás mucho éxito en el futuro.
-Pero ¿y esas risitas? Volvió a preguntar Tonet.
-¿Sabes? Me recuerdas a mí en mis principios y ese entusiasmo que pones en todo tu trabajo, se asemeja mucho en lo que yo hacia y por eso me río a veces.
Tonet no quedo muy convencido por esa explicación, pero en aquellos momentos no había otra y tuvo que conformarse. Así que siguió con su tarea y no le dio más vueltas al asunto. Pero sí que había..
¿Cuál era la motivación de las risitas, las miradas y el acercamiento hacia su discípulo?. En la mente del señor Brú existían unos motivos muy precisos y que estaban fraguando proyectos que tenían mucho que ver con Tonet, aunque no quiso revelarlos de momento. Estaba muy satisfecho del trabajo que estaba haciendo lo veía con ojos críticos y estaba convencido de que llegaría a ser un gran artista fallero. Los proyectos y bocetos que le había presentado eran casi perfectos y si alguna vez alguna falla se hacia con ellos, seguro que ganaría un gran premio y esto le llenaba de satisfacción. Pero había algo más.. ¿Qué era?. El tiempo lo diría.
Estaban ya a primeros de Marzo y prácticamente la falla que estaba destinada al Mercado de Ruzafa ya estaba lista. Todas las figuras, no muñecos, como los llamaban otros artistas, estaban preparadas para el gran día, el día de la Plantá. Los falleros y a la cabeza el presidente de la falla, estaban entusiasmados por lo que iba a ser su gran oportunidad de conseguir un gran premio. Se felicitaban unos a otros y por el barrio llegó a correr el rumor de que tenían en la falla una figura que podría ser la indultada por su belleza y perfección.
Y llegó el día de la “plantá”. En la Ciudad Fallera todo estaba listo para trasladar cada falla a su destino y también la del Mercado de Ruzafa. Brú y Tonet, trataban de que nada pudiera estropearse, colocaban con amor cada figura envuelta en plásticos por si llovía en el remolque que los iba a transportar. El gran andamio de madera bien apuntalado, separado de las figuras en otro remolque. Sacos de arena, botes de pintura por si había que hacer algún retoque. Unos por aquí otros por allá, todos a una ayudando para que todo saliera bien y pronto llegaron al lugar donde se iba a levantar la falla “El rapto de las Sabinas”.
Había una gran expectación y el vecindario estaba dispuesto a ayudar en todo y lo hizo. En pocas horas todo estaba colocado en su sitio y en cuanto amaneció el monumento estaba ya completamente instalado y una gran aglomeración de gente se acercó a ver a la figura clave, la Sabina, que tanta expectación había despertado y los comentarios todos eran de agrado, de asombro, de satisfacción. ¡Qué belleza! ¡Parece que está viva! ¡Parece que te mira, lo mismo que si estás de frente o a un lado! Entre la multitud se encontraba entremezclado con ella, Tonet, que miraba y miraba a “su”Marieta, y en su interior sabía, estaba seguro que ella solo le miraba a él.
Aquello se había convertido en una obsesión y viendo la expectación que había causado su Sabina, estaba celoso, ya que no quería compartirla con nadie. No quería irse a su casa por si alguien hacia algo anormal a la figura y hasta su maestro Brú, le instó para que se fuera a descansar y al final a regañadientes se retiró, no sin antes hacer la observación a algunos falleros que no perdieran de vista a Marieta. Estos se rieron y trataron de calmarlo asegurándole que estarían ojo avizor.
Por toda Valencia había corrido la voz de la magnífica figura que estaba en la plaza del Mercado de Ruzafa, en la falla del Rapto de las Sabinas, y hasta allí acudió gente y más gente. Hasta se pudo ver en los noticiarios de la tele. Gente tomando fotos, unos colocándose cerca, lo más cerca posible de la Sabina, otros haciendo película de video. En fin, que era la gran sensación y esto llenaba de inquietud a Tonet, que no perdía de vista a Marieta, a su Sabina. Pero nada se podía hacer ante tanto gentío, se tuvo que poner alguna vigilancia y así por lo menos tener la seguridad de que ningún atrevido pudiera poner la mano encima de la figura que era la atracción de la falla.
Los pasacalles pasaban siempre cerca de la falla, aquello iba pareciéndose a una obsesión por parte de la comisión fallera, nadie quería alejarse de la falla y todos, todos estaban convencidos de que iban a ganar el premio especial de todas las fallas. Hasta las cenas de sobaquillo se hacían al lado de la falla, el “casal”, prácticamente estaba vacio, solo se pensaba en la hermosa figura de Marieta, como todos la llamaban ahora. Pero.. ¿Qué podía pasar? Estaban esperando que los componentes de la Junta Central Fallera se acercaran para que dieran la puntuación de la falla. Tardaron bastante en llegar y cuando lo hicieron pasearon alrededor, viendo esto, viendo aquello y parándose muchas veces delante de la Sabina, comentando entre ellos y anotando cosas misteriosas en sus papeles. No dijeron nada pero en sus caras podía adivinarse que estaban satisfechos. Y la esperanza llenó los corazones de todos los componentes de la falla. ¿Sería el Ninot indultat? ¿Les darían el primer premio de falla especial?.
Pronto lo supieron a no tardar, al medio día llamaron con urgencia y.. No les habían concedido el primer premio de falla, no les habían concedido el “Ninot Indultat”. Ese premio se lo habían dado a un Ninot de un viejecito que estaba en la falla de la calle Ciscar y el primer premio de la falla especial, a la de Campanar.
¡Qué desilusión! Todos los falleros y falleras clamaron al cielo ¡Aquello era un abuso! ¡No había derecho! ¡Los habían estafado! ¿Y Tonet? Qué podía hacer Tonet el enamorado de su Marieta. Nada de nada y prácticamente se le rompió su corazón, se quedó sin habla, blanco como la cera y allí quedó sin moverse, mirando sin ver y sin hacer caso de quién le empujaba de aquí para allá, y solo le quedaba esperar que el día de San José, día fatídico, ya que se iban a quemar todas las fallas de Valencia y con eso desaparecería su Musa, su Marieta, su Sabina y se quedó en un rincón de la calle esperando, ¿Esperando qué?.
Mientras tanto el señor Brú que había estado maquinando algo sumamente intrigante, seguía con sus sonrisas misteriosas y en espera de que llegara el momento para dar el paso de solucionar lo que estaba tramando. ¿Qué podía ser? No quería adelantar acontecimientos y solo esperaba que llegara la noche de la “Crema” y esta llegó sin dilación. El tiempo no pasaba en balde y pronto se hicieron casi las 12 de la noche del día 19, y..
Tonet aun estaba quieto a un lado de la calle frente a su Marieta, mirándola, fijos los ojos en los ojos de la bella figura, creyendo que lo miraban a él con amor y tristeza, bueno eso era lo que Tonet creía. Trataba de convencerse de que así era y le entró una gran congoja pensando que dentro de nada dejaría de verla, dejaría de amarla.
La gente había llenado todo aquel espacio apretujándose aunque Tonet no cedía ni un milímetro, no quería perderse la última mirada de aquellos esplendorosos ojos verdes, sabía que aquella mirada era solo para él. Y con todo aquel gentío no pudo percatarse de que a su lado se apretujaba alguien, aunque no quiso mirar. Llegó la hora, la última hora de ver aquel maravilloso monumento en pie, pronto sería un montón de ceniza y sólo quedaría el recuerdo, un bello recuerdo. Las pupilas de Tonet no querían apartarse de las de “su”Marieta y con el corazón encogido, espero a que sonaran las doce y que la fallera mayor de la falla encendiera la mecha de la traca y de pronto lo hizo.
Una exhalación de truenos siguió con hambre hasta la falla y en unos instantes comenzó a arder esta por los cuatro costados. La mirada de la bella figura estaba fija en Tonet y este en la de ella y cuando las llamas llegaron hasta la Sabina, un gran sollozo escapó de su garganta y con asombro escuchó a su lado otro gemido similar al suyo y cuando volvió los ojos, ¡Oh asombro! A su lado estaba Marieta ¿Cómo podía ser posible aquello?. Tonet miró la falla y ya no pudo ver a su Sabina, a su Marieta, pero la que estaba a su lado era sin duda ella.
La mujercita que estaba a su lado se volvió a mirarlo y él vio como las lagrimas corrían por su rostro, se miraron con algo de asombro y a una, las risas de los dos inundaron la calle y entonces comprendió cual era el motivo de las risitas de su maestro el señor Brú.
El rostro de la figura de la falla la había moldeado el maestro y lo había hecho exacto al de su hija, que casualmente se llamaba Marieta, y ese era el gran secreto, esperaba que ambos se conocieran, ya que estaba tan satisfecho de la labor de Tonet, lo apreciaba tanto, que deseó que fuera el que conquistara el corazón de su hija, y que mejor modo de enamorarlo, haciendo que ese rostro estuviera siempre delante del muchacho y al final, Tonet se enamoró de aquel rostro y esto sirvió para que los dos jóvenes, cercanos como estaban el uno del otro, fundieran sus manos en una. Y este es el fin de la historia.

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Crítica por: Solodelibros

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