Cigüeña

 

Elevada en el aire, sabe a gozo
esa limpia elegancia con que ciernes
tu figura de albina cerbatana;
aunque ya no concitas el augurio
de signos maternales, en tus vuelos,
cuando todos los niños "bien nacidos"
llegaban de París con su inocencia
y “un pan debajo el brazo", se decía;
ni agrupas las miradas infantiles,
recorriendo las calles, con jolgorio,
en el punto del cenit donde el aire
se dispersa, azotado por tus alas.

He visto una gran luna, en el silencio
de la torre más alta de la iglesia,
atravesada por tu largo pico,
y te he visto dormir sobre una almohada
de cúmulos de estrellas, cuando eras
claridad nebulosa disipándose
en el oscuro abrazo de la noche.
Otras veces te he visto maternal,
limpiando sin herir, acicalando
con el filo de tus largas tijeras
el plumoso algodón de los retoños.
Otras eres tu ausencia, bajo el hielo,
un impulso viajero que ha marchado
¡quién sabe adonde!, y que vuelve
a la cita del nido y de la torre
cuando vuelve flor de los almendros.

Próximamente.

Próximamente.

Próximamente.