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Hijos del campo

A mi pueblo


Y los hombres colgaron las azadas,
los yugos, las albardas y las hoces,
en un rincón de olvidos; y dejaron
las tierras más humildes y escarpadas
sin la larga caricia del arado,
sin el niño dormido en la simiente,
sin el fermento -aguijón caliente-
del sudor en la siega derramado.
La tierra fue quedando, lentamente,
sin ser la fértil madre del sembrado.

Recluyeron también, para el olvido,
el zurrón, el garrote y más aperos;
abandonadas fueron las majadas;
quedaron sin el eco de cencerros,
balidos y resilbos las quebradas;
dieron vida al abrojo las cañadas
y se fueron borrando los senderos.

Marchaban al señuelo sugerente
del piso en la ciudad, hacia el tumulto
del asfalto febril o del subsuelo;
empujando con ansia su presente,
sin ver el horizonte del futuro,
como migran las aves por el cielo.

No olvidaron las tierras donde el agua
besaba, tiernamente, aquellos brotes
anclados en los surcos; donde el aire
recolectaba trinos y tersuras;
la vereda era paz, y las estrellas
les hablaban con guiños misteriosos
en las noches cercanas y profundas...

Regresan cuando pueden, como pueden,
aquellos hijos pródigos del campo
hastiados del tremor y la rutina;
cual retoños que vuelven a la madre,
a recordar aromas ancestrales,
al corazón nativo del pasado,
a la fuente perpetua de la vida.

crítica literaria

Fresy Cool

Antonio J. Rodríguez

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Crítica por: Notodo

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