Próximamente.
El rey de los bufones
"Soy el payaso, y mi misión es convertir la tristeza en alegría no importa lo que yo sienta- no tengo derecho a llorar en el caso de perder uno de los míos. Soy el payaso, y debo reír, incluso cuando llora mi corazón."
(Charlie Rivel. De su libro "Pobre Payaso")
Cesaron los redobles. Los aplausos
acallaron silencios palpitantes.
Se quedaron flotando en el ambiente
los segundos. Se dilató la tarde
entre los corazones agitados
cuando un titiritero colorista,
el remedo de un tierno espantapájaros,
un príncipe bufón, pisó la pista
con su par de ridículos zapatos.
Lleva, sobre su máscara irrisoria,
una sonrisa roja -flor de un día-
y una lágrima negra en la mejilla.
Humano, como todos, él conoce
la seda del amor en la mirada,
la hiedra del rencor y de la envidia;
las jornadas de luz... y las opacas.
Ya tropieza en su propia sombra, o baila
dislocado cual un guiñol de trapo;
ya realiza piruetas arriesgadas
sobre un tensado alambre imaginario;
ya recibe sonoras bofetadas...
(Los niños, seriamente se reían;
los mayores -que serios- muchos callan).
Él llora como un niño desairado
y goza de sus propias bufonadas,
hace burla del mismo ser burlado.
El regocijo es tanto que la gente
piensa que es solo así quien les divierte.
Pero el rey de la broma y de la farsa
esta tarde oculta, tras su máscara,
una angustia que el gesto disimula,
y en la boca un sabor de almendra amarga.
¡Blancas manos agitan su ternura!
El monarca del circo ya se marcha.
Se despide con gestos de alegría.
Con su roja sonrisa... ¿Quién diría
que deja el corazón bajo la carpa?
Próximamente.
Próximamente.
Próximamente.