Próximamente.
Se ha caído una estrella
“Solo estoy, en esta noche última,
como un toro de nieve que brama a las estrellas”.
Julio Llamazares
Se ha caído una estrella, madre, entre arrullos ya de sombra.
Estelas de su aliento dieron barniz de plata a la noche.
Quiero ir a cogerla, madre, por intentar hacer mío
su rescoldo postrero que presumo vivo aún.
Allí está, tras aquella piedra de casual parapeto,
lo eterno de siglos protege lo fugaz tan reciente.
Quiero cogerla, madre, hacer mío su brillo,
y me acerco.
En el temblor del latido se le adivina temor,
forastera de esta esencia,
que su puntal era de aire y ahora cubre pisadas.
¡Pobre estrella arrumbada!
Caída de lo tenue a lo denso.
La levedad de su origen se le adivina en destello,
tan tierno que es suspiro en el lago esencial de su cielo,
-tan tenue-
y ahora en lo material de la tierra se cierne en temblor,
como el pálpito de sangre que hace rubor la amapola,
sobre su tallo cimentado de suelo
-tan denso-.
Madre, quiero cogerla.... y la cojo, la hago mía.
Qué calor se me desprende en las manos,
se me tiñen ya de cuna,
de infancia sorprendida en el intento
de un presente tan casual, tan de ensueño.
Y entre mi nieve de piel
se adormece su alba en susurro.
Madre, mírala, mira su sueño de hielo,
como el que hace coral la mejilla de una hoja,
rocío, lágrima de albor, madrugada.
Y ya duerme, tul de aurora, elemental prodigio,
se desvanece y pasa.
Pero no, no puedo retenerla, hacerla mía,
que su madrastra -negra noche- ya se marcha.
Sus hermanas la han llorado en el umbral del rocío,
temprano repican ausencias los carillones del alba.
No, no puedo.
De lo denso a lo tenue, la empujo y me basta.
Otra vez estelas, otra vez distancias,
entre mi rugido y su esfera,
entre mi piel y su espada.
Madre, allí, ¿la ves? me regala su luz,
¡bóveda estrellada!
Y entre su pálpito débil enternecido en candil,
viene ya, ya viene....
viene ya la madrugada.
Próximamente.
Próximamente.
Próximamente.