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V

 

12 de enero de 1999

Un niño que escala las nubes de algodón,
moviéndose lento con ellas
por el desierto azul sobre nuestras cabezas.
Y pensar que no fue soñado,
que tuvo hora —la que marcan los relojes—
y que tuvo día —y aparece en el calendario—.

Una mujer que se desliza por la mañana inmensa,
con la idea al viento,
como un velero, una cometa.
Y saber que todo ocurrió tan dentro
—tanto como la madre y la sangre—,
y que todo permaneció
—como la tierra—.

¡Oh, un alma que vuela, que salta
sobre cada pétalo; oro, azul, rojo,
blanco, naranja, púrpura —y verde y plata—,
y que ama!
Y sentir que no es sólo palabras
—de este o ese idioma—,
que viaja con boca humana,
y que está aquí.

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